Pero pongamos que ello estaba escrito así en el Libro de los Cambios, que tiene en su lógica -acaso una no demasiado alejada de aquella otra de "la realización diferida"- el que tiempos de cambio tan profundo en lo tectónico … resulten por el contrario tan descorazonadoramente continuistas en sus realizaciones afloradas.
Pongamos que, de hecho, el origen de esa medianía de lo visible sea la misma envergadura de las transformaciones sistémicas, en su ponernos frente a un mundo tan radicalmente dispar y para el que carecemos de cartografías eficientes. Tal vez, sí, sea ello lo que ha propiciado el proceso de atenazamiento, lo que ha interpuesto toda una geometría de la reacción, que ha neutralizado los cambios y los ha domesticado para entregarlos al mejor servicio de las industrias y las instituciones, en su timorato e interesado ralentizar -frente a la cautivadora aceleración de los tiempos.
Todo con ellos ha cambiado, sin duda, pero como en la célebre consigna gatopardiana, parece que únicamente para que todo siguiera igual.
Cambios vertiginosos en efecto en todos los registros -de lo político, de lo económico, de las tecnologías, de las herramientas de construcción social y fábrica de la vida cotidiana, en los dispositivos de generación de conocimiento, de afectividad, en las mismas herramientas de producción de las formas culturales … cambios fulminantes miremos donde miremos. A su paso, el paisaje de nuestro mundo se define en escenarios radicalmente desplazados, como perteneciendo definitivamente a otra época.
Pero apenas nada en la vida del espíritu y los órdenes simbólicos -en las narrativas con que nuestra epocaidad se brinda autodescripción- acompaña esos cambios: es como si estuviéramos empeñados en otear los nuevos paisajes por la mediación de los viejos mapas, y todo lo que fuéramos capaces de ver fuera su trazamiento reiterativo y cansino de "lo mismo", de lo ya conocido. Conocemos todavía como en déjà vu, fascinados por la nueva topografía pero ignorantes de las nuevas herramientas que nos permitirían mapearla: cuando el reto que nuestro tiempo nos arroja al rostro es, más bien, el de activar esas nuevas máquinas en sus potencias instituyentes de un nuevo modo de ver, de mirar, de conocer y comprender … desde la novedad radical -no sólo de nuevos "objetos" sino también, y fundamentalmente, de los nuevos operadores cognitivos.
Acaso ése es el verdadero salto que se nos reclama: abandonemos las viejas herramientas, los viejos instrumentales -conceptuales, analíticos, técnicos. Aventurémonos a prescindir de toda la vieja cacharrería heurística de la ontoteología. Dejemos a un lado los resabios y las seguridades adquiridas, inmovilizadoras. Demos curso no a ese trabajo de asentamiento y estabilización de los viejos modelos epistémicos -frente al tsunami desatado de los cambios- sino a uno que lo apoye en su potencia de desmantelamientos y arrase.
Todo está de nuestro lado si abanderamos esa potencia del trabajo deconstructor, asociado a las nuevas máquinas de producción cognitocrítica. Todo está del lado de los tiempos, dejemos llegar lo que hace ya tanto vibra por llegar. Cierto que todavía los cautos prefieren asentar cambios lentos -que no son cambios- apuntalando seguridades y administrando tibiezas. Pero el viento de los tiempos sopla huracanado, y las prórrogas de consolación se han consumido ya.
Ahora no queda sino arrojarse a un signo que dibuja un mundo radicalmente cambiado, ceder a su audaz exigencia moral, a su magnífica fuerza política. Ella lleva el nombre de una década que acaba de nacer -y olvida el de esta otra, la década anodina, que deja definitivamente atrás-: sea éste nuestro brindis hoy: por su aurora iniciada, por su llegada cumplida y sin más plazo, por su estallido incendiado e incendiario … y por todas las promesas de mundo y futuro con que viene cargada ...


