Lo que estaba sucediendo sin que yo me diera cuenta era que estaba conociendo a una variedad de adultos que mi vida en Shanghai me había ocultado. Aquello no tenía nada que ver con la clase en el sentido inglés, sino con el hecho de que el Shanghai de preguerra atraía a sus bares y vestíbulos de hotel a un número de personajes astutos y poco escrupulosos que eran muy buenos acompañantes y solían ser mucho más generosos cuando tenían un simple boniato que los tacaños misioneros de la Iglesia de Inglaterra. Muchos de aquellos «granujas», como los llamaba mi madre, eran personas instruidas (tal vez debido a las extensas lecturas que habían realizado en la cárcel cuando estaban en Inglaterra) y eran capaces de proponer llamativas ideas sobre las cosas más insospechadas. Los años de estafas inmobiliarias y financieras, de apuestas amañadas en los partidos de jai alai y el hipódromo, habían agudizado su ingenio. Yo no perdía detalle de lo que decían, e incluso trataba de imitarlos sin éxito. Cuando probé «la universidad de la vida» con mi madre por primera vez, se me quedó mirando sin hablar durante un minuto entero.
Sin embargo, me encantaba oír a los adultos hablando entre ellos. Me acercaba furtivamente a un grupo de adultos del bloque G que discutían sobre el problema de los criados en Shanghai, sus últimos viajes a Hong Kong o Singapur, la negativa de algunos prisioneros a hacer su parte de la limpieza de los servicios, los rumores de antes de la guerra acerca de la señora Fulana de Tal, hasta que se daban cuenta de que estaba escuchando atentamente con los ojos brillantes y me mandaban que me esfumara.
Lo que todos aquellos adultos compartían, y que yo aprovechaba al máximo, era el aburrimiento mortal de la vida en el campo. La guerra tenía lugar lejos de allí y las noticias que recibíamos, filtradas a través de los camioneros del reparto y las visitas de la Cruz Roja, nos llegaban con meses de retraso. Los prisioneros de Lunghua vivían en un mundo en el que no pasaba nada, con pocas distracciones aparte del sonido de unos cuantos aviones japoneses que despegaban del campo de aviación cercano. Una partida de ajedrez de una hora con un niño hablador de doce años era una hora menos que aguantar, e incluso una conversación acerca de los relativos méritos del Packard y el Rolls-Royce podía ayudar a que pasara la tarde [...].
Las provisiones fueron un problema desde el principio. Los niños hambrientos comían cualquier cosa, pero mis padres debían de estremecerse al pensar en las comidas de cada día. Durante los años de internamiento no volvimos a ver leche, mantequilla, margarina, huevos ni azúcar. Nuestras comidas consistían en arroz congee (arroz hervido en una papilla líquida), una sopa de verduras que escondía uno o dos trozos de carne de caballo cartilaginosa del tamaño de un dado, un pan negro duro elaborado con lo que debía de ser basura de un almacén y lleno de trozos de alambre oxidado y polvo pétreo, y boniatos grises, un tipo de forraje que me encantaba. Luego empezaron a servir un cereal llamado trigo agrietado, otro forraje al que me aficioné. Mis padres y los demás adultos se tragaban aquello a la fuerza, pero yo siempre tenía buen apetito, y hasta el día de hoy me cuesta dejar comida en el plato, aunque me desagrade su sabor.
Durante los últimos dieciocho meses de guerra, las raciones disminuyeron muchísimo. Un día que estábamos sentados a la mesa de cartas de nuestra habitación, apartando lo que mi madre llamaba «los gorgojos» al borde de nuestros platos de congee, mi padre decidió que a partir de entonces debíamos comer los gorgojos; necesitábamos proteínas. Eran pequeñas larvas blancas, tal vez gusanos, una palabra que mi madre prefería evitar. A mis padres debía de irritarles cuando los contaba antes de comérmelos con apetito; normalmente el total era de cien más o menos, que formaban un perímetro doble alrededor de mi plato y reducían visiblemente mi porción de arroz hervido.
Un buen amigo de mi padre llamado Braidwood era un alto ejecutivo de la compañía Shell, y ocupaba el cargo de presidente del comité de prisioneros que llevaba la administración del campo. En los años ochenta su viuda me mandó las actas mecanografiadas de las reuniones del comité, a algunas de las cuales asistió mi padre. Los documentos describen una gran variedad de problemas cotidianos y contienen copias de cartas formales dirigidas al comandante japonés y los oficiales militares que lo sustituyeron. Abarcan la salud general de los prisioneros, el comportamiento abusivo de los guardias, la falta de medicinas, la escasez de combustible para hervir el agua potable, la necesidad de suministros de ropa de la Cruz Roja (una gran parte de la cual era hurtada por los guardias) y, por encima de todo, las inadecuadas raciones de comida; problemas que no interesaban en lo más mínimo a los japoneses. Según las actas de Braidwood, el total de calorías diarias en 1944 era de aproximadamente mil quinientas, que disminuyeron bruscamente a mil trescientas durante 1945. No puedo por menos de preguntarme qué parte de esa cantidad representaban los gorgojos [...].
He ofrecido una idea general del campo de Lunghua en mi novela El imperio del sol, que es en parte autobiográfica y en parte ficticia, aunque muchos incidentes aparecen descritos tal como ocurrieron. Sin embargo, reconozco que la novela está basada en los recuerdos de un adolescente que respondía con más entusiasmo a la alegría de los estadounidenses que a los insulsos británicos, muchos de los cuales habían desempeñado oficios humildes y seguramente se arrepentían de haberse marchado de Inglaterra.
En mi novela, la ruptura más importante con los acontecimientos reales es la ausencia de mis padres en Lunghua. Reflexioné detenidamente sobre este punto, pero me pareció que era más fiel a la verdad psicológica y emocional de los acontecimientos convertir a «Jim» en un huérfano de guerra. No cabe duda de que en el campo de Lunghua comencé a experimentar un distanciamiento progresivo respecto a mis padres, que duró hasta el final de sus vidas. Nunca hubo la menor fricción ni antagonismo entre nosotros, y ellos hicieron todo lo posible por cuidar de mí y de mi hermana. A pesar de la escasez de comida del último año, los inviernos glaciales (vivíamos en edificios de hormigón sin calefacción) y la incertidumbre del futuro, fui más feliz en el campo de lo que lo fui hasta que me casé y tuve hijos.
Sin embargo, cuando la guerra terminó me sentía ligeramente alejado de mis padres. Uno de los motivos de nuestro distanciamiento era que su papel como padres se volvió pasivo en lugar de activo; no disponían de ninguno de los medios habituales de convicción: ni regalos ni chucherías, ni voz ni voto en lo que comíamos, ni poder sobre nuestra forma de vida o capacidad para decidir los acontecimientos. Como a todos los adultos, les ponían nerviosos los impredecibles guardias japoneses y coreanos, a menudo se sentían indispuestos, y siempre andaban escasos de comida y ropa. Cuando mis zapatos se hicieron trizas, mi padre me dio unos pesados zapatos de piel con tacos metálicos para jugar al golf, pero el sonido que hacía al pisar los pasillos de piedra del bloque G hizo que los prisioneros salieran rápidamente de sus habitaciones y se pusieran firmes, creyendo que los japoneses habían organizado una inspección inesperada. Me vi intentando llegar desesperadamente a la habitación de los Ballard antes de que alguien descubriera quién era en realidad el inspector. Huelga decir que no tardé en devolver los zapatos a mi padre, y el bloque G pudo respirar tranquilo.
A todas horas me asaltaban pensamientos relacionados con la comida, como les ocurría a los demás muchachos de Lunghua. No recuerdo que mis padres me dieran nunca su comida, y estoy seguro de que ningún padre compartía su ración con sus hijos. Todas las madres que se encuentran en campamentos para prisioneros o zonas asoladas por la hambruna saben que su salud es crucial para la supervivencia de sus hijos. Un niño que ha perdido a sus padres corre un grave peligro, y los padres de Lunghua debieron de comprender que necesitaban todas sus fuerzas para hacer frente a los años inciertos que se avecinaban. No obstante, yo recogía todo lo que podía, y robaba tomates y pepinos de cualquier parcela que no estuviera vigilada. El campamento era, en efecto, un enorme suburbio, y en cualquier suburbio los adolescentes son los que se descontrolan. Nunca he despreciado a los padres impotentes de las urbanizaciones de protección oficial degradadas que no pueden dominar a sus hijos. Me acuerdo de mis padres en el campo, incapaces de prevenirme, de reprenderme, de elogiarme o de hacerme promesas.
Al mismo tiempo, lamento el distanciamiento, y me doy cuenta de lo mucho que me he perdido. La experiencia de ver a los adultos sometidos a tensión es educativa, aunque desgraciadamente se cobra un alto precio. Cuando mi madre, mi hermana y yo zarpamos hacia Inglaterra a finales de 1945, mi padre se quedó en Shanghai, aunque regresó para hacer una breve visita a Inglaterra en 1947, y recorrimos Europa en su gran coche estadounidense. Yo tenía diecisiete años y estaba a punto de ir a Cambridge, pero no sabía si quería ser médico o escritor. Mi padre era una figura cordial pero distante que no jugó ningún papel en mi decisión. Cuando regresó definitivamente en 1950, había estado fuera de Inglaterra más de veinte años, y los consejos que me dio sobre la vida inglesa estaban obsoletos. Yo seguí mi propio camino y no le hice caso cuando me recomendó encarecidamente que no me hiciera escritor. Había pasado cinco años aprendiendo a descifrar el extraño e introvertido mundo de la vida inglesa, mientras él vivía más feliz tratando con sus colegas profesionales en Suiza y Estados Unidos. Me llamó por teléfono para felicitarme por mi primera novela, El mundo sumergido, y me señaló uno o dos errores de poca importancia que me cuidé de no corregir. Mi madre no mostró el más mínimo interés por mi carrera hasta El imperio del sol, que creyó que trataba sobre ella.
Originalmente en ABCD

