La responsabilidad del artista
126 pág. La balsa de la Medusa. 11€
En este libro (al menos hasta donde he leído, porque no he podido más) el autor pretende culpar a las vanguardias de connivencia con los totalitarismos. No creo que pase el escollo de distinguir entre coincidencia (en el tiempo) y connivencia, y se nos antoja poco riguroso y algo sesgado en su visión histórica; esto, junto con el tono aseverativo general, presentan al autor como demócrata radical, lo que también podría ser descrito, dentro del campo de las artes, como un verdadero conservador.
La recuperación de Zizec me ha surgido al recordar que éste indica que el verdadero discurso del poder no es nunca el discurso del dirigente, y que ahí radica su fuerza, en hacer convergir los anhelos generales y apropiárselos. Dice además que el suelo común de un totalitarismo puede ser de verdad compartido y querido, bueno en sus pretensiones, sin que el discurso del dirigente lo sea, y que la labor de éste es aprovechar lo uno para la consecución de lo otro.
El mayor pero que le pongo a la interpretación de Clair sobre las vanguardias es no atender a ellas de manera más formal. El principal logro de las vanguardias es dar cuenta en la propia estructura de la obra de arte del estado de las cosas, de su fragmentación y violencia, de su desquicie.
El autor cae en la trampa del contenido explícito, y lo hace tanto al juzgar las obras como al juzgar a los artistas. Es la suya una visión realista figurativa, derivada de la herencia de transparencia del racionalismo de las luces que niega la complejidad de un arte cuyo principal acontecer desde la instauración de la modernidad es su propio desaparecer, y que tiene en la sombra su hábitat.
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