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En estos tiempos de hipercomunicación bastaría la invitación de enviar a un amigo cualquiera de los textos que consideres interesantes algo redundante: demasiada comunicación, demasiados textos y , en general, demasiado de todo.
Es posible que estemos de acuerdo... pero cuando encuentras algo interesante en cualquier sitio, la red, la calle, tu casa, o un lugar escondido y remoto, compartirlo no sólo es un acto (acción, hecho) de amistad o altruismo, también es una manera de ahorrar tiempo a los demás (y de que te lo ahorren a ti (si eres afortunado) a costa del tiempo que tu has podido derrochar (emplear) y el gustazo de mostrar que estuviste ahí (o donde fuera ) un poco antes (el tiempo ya no es más el que era).
Comparte con tus conocidos aquello que encuentras, es evolución.
La Maqueta
26-06-07 Philip K. Dick 

 

Verne Haskel subió los escalones del porche casi sin fuerzas, arrastrando el abrigo tras él. Estaba cansado. Cansado y desalenta­do. Y le dolían los pies.



—Dios mío —exclamó Madge, cuando él cerró la puerta y se quitó la chaqueta y el sombrero—. ¿Ya has vuelto?
Haskel dejó caer el maletín y empezó a desanudarse los zapatos, con el cuerpo vencido. Estaba pálido y ojeroso.
—¡Di algo!  
—¿Está preparada la cena?
—No, la cena aún no está preparada. ¿Qué ha pasado esta vez? ¿Te has vuelto a pelear con Larson?
Haskel entró en la cocina dando tumbos y llenó un vaso con agua caliente y soda.
—Vayámonos.
—¿A qué te refieres?
—Lejos de Woodland. A San Francisco, o donde sea. —Haskel be­bió su soda, apoyando su decrépito cuerpo en el fregadero—. Me siento fatal. Quizá debería ir a ver al doctor Barnes. Ojalá hoy fuera viernes y mañana sábado.
—¿Qué te apetece para cenar?
—Nada. No lo sé. —Haskel sacudió la cabeza—. Cualquier cosa. —Se desplomó frente a la mesa de la cocina—. Sólo me apetece des­cansar. Abre una lata de estofado. Lomo y judías. Cualquier cosa.
—Sugiero que vayamos a Don's Steakhouse. Los lunes tienen bue­nos solomillos.
—No. Ya he visto suficientes caras humanas por hoy.
—Supongo que estás demasiado cansado para llevarme al local de Helen Grant.
—El coche está en el garaje. Estropeado otra vez.
—Si lo cuidaras mejor...
—¿Qué demonios quieres que haga? ¿Envolverlo en una bolsa de ce­lofán?
—¡No me grites, Verne Haskel! —Madge enrojeció de furia—. Tal vez te apetezca prepararte tú mismo la cena.
Haskel se puso en pie con dificultades. Arrastró los pies hacia la puerta del sótano.
—Hasta luego.
—¿Adónde vas?
—Al sótano.
—¡Oh, Dios mío! —gritó Madge—. ¡Esos trenes! ¡Esos juguetes! ¿Cómo es posible que un hombre mayor, un hombre adulto...?
Haskel no dijo nada. Ya estaba bajando la escalera, tanteando en busca de la luz.
El sótano estaba frío y húmedo. Haskel tomó la gorra de maqui­nista del gancho y se la encasquetó en la cabeza. Una débil oleada de entusiasmo y renovadas energías recorrieron su cuerpo cansado. Se acercó a la gran mesa de madera terciada con pasos ansiosos.
Por todas partes corrían trenes. Por el suelo, bajo el depósito de carbón, entre las tuberías de vapor de la caldera. Las vías conver­gían en la mesa, ascendían en rampas cuidadosamente niveladas. La mesa se hallaba abarrotada de transformadores, señales, interrupto­res y montones de cables y accesorios. Y...
Y la ciudad.
La maqueta de Woodland, minuciosa hasta el último detalle. Cada árbol y casa, cada tienda, edificio, calle y boca de incendio. Una ciudad en miniatura, perfecta. Construida con celoso cuidado a lo largo de muchos años. Ni siquiera recordaba cuántos. Desde que era niño, construía, encolaba y trabajaba al salir del colegio.
Haskel conectó el transformador principal. Las señales lumino­sas se encendieron a lo largo de la vía. Dotó de energía a la pesada locomotora Lionel, estacionada con sus vagones de mercancías. La lo­comotora cobró vida suavemente y se deslizó por la vía, un relampagueante proyectil oscuro que le ponía un nudo en la garganta. Accionó un interruptor eléctrico y la locomotora descendió por la rampa, atravesó un túnel y salió de la mesa. Corrió bajo el banco de trabajo.
Sus trenes. Y su ciudad. Haskel se inclinó sobre las casas y ca­lles en miniatura; su corazón se llenó de orgullo. Él la había cons­truido..., con sus propias manos. Cada centímetro. Cada perfecto centímetro. Toda la ciudad. Tocó la esquina de la tienda de Fred. No faltaba ni un detalle. Los escaparates, las muestras de género, los letreros, los mostradores.
El hotel Uptown. Pasó la mano sobre el tejado. Los sofás y bu­tacas del vestíbulo. Los veía a través de las ventanas.
La farmacia de Green. Almohadillas para juanetes. Revistas. Ac­cesorios Automovilísticos Frazier. Restaurante México City. Sastre­ría Sharpstein. Licorería Bob. Billares As.
Toda la ciudad. La recorrió con la mano. Él la había construido; la ciudad era suya.

El tren salió a toda velocidad por debajo del banco de trabajo. Sus ruedas pasaron sobre un conmutador automático y un puente levadizo descendió obedientemente. El tren pasó por encima y se alejó, arrastrando los vagones.
Haskel aumentó la potencia. El tren aceleró. Sonó el silbato. Do­bló una curva pronunciada y voló sobre un cruce de vías. Más ve­locidad. Las manos de Haskel saltaron hacia el transformador. El tren avanzó como una flecha. Tomó una curva, oscilando y sacu­diéndose. El transformador se hallaba al máximo de potencia. El tren corría sobre las vías como una mancha difusa, atravesando puentes e interruptores, tras las grandes tuberías de la caldera.
Desapareció en el interior del depósito de carbón. Un momento después surgió por el otro lado, oscilando de un lado a otro.
Haskel disminuyó la velocidad del tren. Su pecho se movía al compás de la respiración. Se sentó en el taburete cercano al banco de trabajo y encendió un cigarrillo con dedos temblorosos.
El tren y la maqueta le producían una extraña sensación. Le cos­taba explicarla. Siempre había amado los trenes, las locomotoras, señales y edificios a escala. Desde que era niño, tal vez desde los seis o siete años. Su padre le había regalado el primer tren: una lo­comotora y algunas vías. Un viejo tren de juguete. A los nueve años le regalaron su primer tren eléctrico. Y dos cambios de vías.
Lo fue ampliando, año tras año. Vías, locomotoras, agujas, va­gones, señales. Transformadores más poderosos. Y el principio de la ciudad.
Había construido la ciudad con mucha minuciosidad, pieza a pieza. Primero, cuando asistía a la escuela secundaria inferior, la Estación del Pacífico Sur. Después, la parada de taxis contigua. El bar donde comían los camioneros. La calle Broad.
Y continuó. Más y más. Casas, edificios, tiendas. Una ciudad completa, que crecía bajo sus manos a medida que los años pasaban. Todas las tardes, cuando volvía a casa, trabajaba. Pegaba, cor­taba, pintaba y aserraba.
Ahora estaba prácticamente terminada. Casi. Tenía cuarenta y tres años y la ciudad estaba casi terminada.
Haskel se movió alrededor de la gran mesa de madera terciada. Extendió las manos con reverencia. Tocó algunos comercios, la florería, el cine, la compañía telefónica, Suministros Hidráulicos Larson.
Y eso, también. Su centro de trabajo. Una perfecta miniatura de la fábrica, hasta el menor detalle.
Haskel frunció el ceño. Jim Larson. Había trabajado durante veinte años como un esclavo, día tras día. ¿Para qué? Para ver cómo los demás le pasaban por encima. Hombres más jóvenes. Favoritos del jefe. Serviles gusanos con corbatas brillantes, pantalones bien planchados, y amplias y estúpidas sonrisas.
Haskel había acumulado odio y despecho. Woodland le había robado lo mejor de su vida. Nunca había sido feliz. La señora Murphy en la escuela superior. Los compañeros de la fraternidad en la universidad. Los empleados de los pretenciosos almacenes. Sus vecinos. Policías, carteros, conductores de autobús y mensajeros. Incluso su esposa. Incluso Madge.
Nunca se había mezclado con la ciudad, el rico y caro pequeño suburbio de San Francisco, en la parte baja de la península, al otro lado del cinturón de niebla. En Woodland dominaba la maldita clase media alta. Demasiadas mansiones, jardines, coches cromados y tumbonas. Demasiado pomposo y elegante. Hasta donde alcanzaban sus recuerdos. En el colegio. Su trabajo...
Larson. Suministros Hidráulicos. Veinte años de duro trabajo.
Los dedos de Haskel se cerraron sobre el diminuto edificio, la maqueta de Suministros Hidráulicos Larson. La arrancó con furia y la tiró al suelo. La pisoteó; los fragmentos de vidrio, metal y cartón se convirtieron en una masa informe.
Dios, temblaba de pies a cabeza. Miró los restos. Su corazón la­tía con violencia. Extrañas, locas emociones se retorcían en su in­terior. Pensamientos que nunca había abrigado. Contempló durante un largo momento el confuso montón, lo que había sido la maqueta de Suministros Hidráulicos Larson.
Se apartó con brusquedad. Como en trance, Haskel volvió a su banco de trabajo y se sentó en el taburete. Reunió sus herramientas y materiales, conectó el taladro eléctrico.
Sólo tardó unos momentos. Haskel construyó una nueva maque­ta, trabajando con sus dedos veloces y hábiles. Pintó, enganchó, ensambló piezas. Dibujó las letras de un letrero microscópico y espar­ció un césped verde.
Después, transportó la maqueta a la mesa y la pegó en el sitio correcto, donde había estado Suministros Hidráulicos Larson. El nuevo edificio brilló bajo la luz del techo, todavía húmedo y re­luciente.

Funeraria de Woodland

Haskel se frotó las manos en un éxtasis de satisfacción. Sumi­nistros Hidráulicos había desaparecido. Él lo había destruido, bo­rrado del mapa, arrancado de la ciudad. Ante él estaba Woodland..., sin Suministros Hidráulicos. En su lugar, una funeraria.
Sus ojos brillaron. Frunció los labios. Sus tormentosas emocio­nes se desataron. Se había desembarazado de aquello con determi­nación. En un segundo. Todo era muy sencillo... Sorprendentemen­te sencillo.
Era extraño que no lo hubiera pensado antes.

Madge Haskel se llevó a los labios un vaso alto de cerveza muy fría y dijo:
—A Verne le pasa algo. Lo noté sobre todo anoche, cuando llegó a casa después de trabajar.
El doctor Paul Tyler gruñó, distraído.
—Un tipo muy neurótico. Complejo de inferioridad. Introversión y reserva.
—Pero va de mal en peor. Él y sus trenes. Esos malditos trenes a escala. ¡Santo Dios, Paul! ¿Sabes que tiene toda una ciudad en el sótano?
—¿De veras? —La curiosidad de Tyler se despertó—. No lo sabía.
—La tiene desde que le conozco. La empezó cuando era niño. ¡Imagínate a un hombre adulto jugando con trenes! Es... Es desa­gradable. Cada noche igual.
—Interesante. —Tyler se acarició el mentón—. ¿Juega con ellos continuamente? ¿Se trata de una pauta invariable?
—Cada noche. Ayer, ni siquiera cenó. Llegó a casa y bajó al só­tano directamente.
Paul Tyler frunció el ceño. Madge estaba sentada ante él, be­biendo con languidez su cerveza. Eran las dos de la tarde. El día era caluroso y claro. La sala de estar poseía un atractivo plácido y relajado. De repente, Tyler se levantó.
—Vamos a echar un vistazo a las maquetas. No sabía que había llegado a tales extremos.
—¿De veras quieres verlo? —Madge se subió la manga de la cha­queta del pijama y consultó su reloj—. No llegará a casa hasta las cinco. —Se puso en pie de un salto y posó el vaso sobre la mesa—. Muy bien. Tenemos tiempo.
—Estupendo. Bajemos.
Tyler tomó a Madge por el brazo y ambos corrieron hacia el só­tano, embargados por una extraña emoción. Madge encendió la luz del sótano y lo dos se acercaron a la gran mesa de madera terciada, ner­viosos y risueños, como niños traviesos.
—¿Lo ves? —dijo Madge, apretando el brazo de Tyler—. Fíjate. Años de trabajo. Toda su vida.
Tyler movió la cabeza lentamente.
—No me extraña. —Su voz denotaba asombro—. Nunca había visto nada parecido. Los detalles... Es increíble.
—Sí, Verne es un experto en bricolaje. —Señaló el banco de tra­bajo—. No cesa de construir herramientas.
Tyler paseó con parsimonia alrededor de la mesa. Se inclinó y examinó la maqueta.
—Increíble. Todos los edificios. La ciudad completa. ¡Mira! Mi casa.
Señaló su lujoso edificio de apartamentos, situado a escasas manzanas de la residencia de Haskel.
—Me parece que no falta nada —comentó Madge—. ¿Te imaginas a un hombre adulto jugando con trenes a escala?
—Potencia. —Tyler empujó una locomotora por la vía—. Por eso atrae a los chicos. Los trenes son objetos grandes. Enormes y rui­dosos. Símbolos de la potencia sexual. El niño ve el tren corriendo por la vía. Es tan inmenso e inhumano que le asusta. Después, le regalan un tren de juguete. Lo controla. Lo obliga a moverse y a parar, a correr y a frenar. Él lo gobierna. El tren responde a sus in­dicaciones.
Madge se estremeció.
—Subamos. Aquí hace frío.
—Y cuando el niño crece, se hace más grande y fuerte. Entonces, puede abandonar el modelo simbólico y dominar el objeto real, el tren real, conseguir un control auténtico sobre las cosas. Una supre­macía efectiva. —Tyler sacudió la cabeza—. No este sustituto. Es poco común que un adulto llegue a estos extremos. —Frunció el ceño—. No me había dado cuenta que hay una funeraria en la ca­lle State.
—¿Una funeraria?
—Y esto: la tienda de animales Steuben, junto a la tienda de reparaciones de radios. Ahí no hay ninguna tienda de animales. —Tyler se devanó los sesos—. ¿Qué hay allí, junto a la tienda de re­paraciones?
—Pieles de París. —Madge se abrazó el cuerpo—. Brrrrr. Vamos, Paul, subamos antes que me quede tiesa.
Tyler lanzó una carcajada.
—De acuerdo, conejita. —Se dirigió hacia la escalera, con el ceño fruncido—. Me pregunto por qué. Animales Domésticos Steuben. Primera noticia. Todo está tan detallado... Debe conocer la ciu­dad al dedillo. Poner una tienda que no existe... —Apagó la luz del sótano—. Y la funeraria. ¿Qué hay en ese lugar? ¿No es la...?
—Olvídalo —le interrumpió Madge, corriendo hacia la caldea­da sala de estar—. Eres tan malo como él. Los hombres son como niños.
Tyler, enfrascado en sus pensamientos, no respondió. Su tranqui­la confianza en sí mismo se había esfumado; parecía nervioso y agitado.
Madge bajó las persianas. La sala de estar se sumió en una pe­numbra ambarina. Se dejó caer en el sofá y atrajo a Tyler a su lado.
—Deja de pensar en eso —ordenó—. Nunca te había visto así. —Le rodeó el cuello con sus esbeltos brazos y acercó los labios a su ore­ja—. Si llego a saber que ibas a preocuparte tanto por él, no te habría permitido entrar.
Tyler gruñó, inquieto.
—¿Por qué me permitiste entrar?
Madge aumentó la presión de sus brazos. Su pijama de seda cru­jió cuando se aplastó contra él.
—Tonto —susurró.

Jim Larson, enorme y pelirrojo, se quedó boquiabierto.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué te ocurre?
—Me largo. —Haskel amontonó los objetos de su escritorio en el maletín—. Envíame el cheque a casa.
—Pero...
—Apártate.
Haskel empujó a un lado a Larson y salió al pasillo. Larson es­taba petrificado de estupefacción. El rostro de Haskel albergaba una expresión fija; una mirada vidriosa, una mirada decidida que Larson jamás había observado antes.
—¿Te encuentras..., te encuentras bien? —preguntó Larson.
—Claro. —Haskel abrió la puerta principal de la fábrica y desapa­reció dando un portazo—. Por supuesto que me encuentro bien —murmuró para sí. Se abrió paso entre la multitud de compradores que abarrotaba las calles y frunció los labios—. Puedes estar seguro que me encuentro bien.
—Cuidado, colega —murmuró un trabajador en tono de adverten­cia cuando Haskel le empujó.
—Lo siento.
Haskel apresuró el paso aferrando su maletín. Se detuvo un mo­mento en lo alto de la colina para recuperar el aliento. Había dejado a sus espaldas Suministros Hidráulicos Larson. Haskel rió de forma estentórea. Veinte años..., borrados en un segundo. Se había termi­nado. Al infierno Larson. Al infierno la monótona y pesada rutina de cada día. Sin ascensos ni futuro. Rutina y aburrimiento, mes tras mes. Asunto liquidado. Una vida nueva, volver a empezar.
Siguió caminando. El sol se estaba poniendo. No cesaban de pasar coches; ejecutivos que regresaban a sus casas. Mañana volverían al trabajo..., pero él no. Nunca más.
Llegó a su calle. La casa de Ed Tildon, una enorme y majestuosa estructura de hormigón y vidrio, se alzaba ante él. El perro de Til­don se acercó corriendo y le ladró. Haskel pasó de largo. El perro de Tildon. Lanzó una salvaje carcajada.
—¡Será mejor que te largues! —gritó al perro.
Subió los escalones de su casa de dos en dos. Abrió la puerta de un empujón. La sala de estar se hallaba en silencio y a oscuras. Se produjo un repentino movimiento. Formas que se apartaban y ponían en pie a toda prisa.
—¡Verne! —exclamó Madge—. ¿Qué haces en casa tan pronto?
Verne Haskel dejó caer el maletín y tiró el sombrero y el abrigo sobre una silla. Su rostro arrugado estaba deformado por violentas tensiones internas.
—¿Qué demonios...? —Madge corrió hacia él, presa de los ner­vios, alisándose el pijama—. ¿Ha pasado algo? No te esperaba tan... —Enmudeció, ruborizada—. Quiero decir que...
Paul Tyler avanzó con aire despreocupado hacia Haskel.
—Hola, Verne —murmuró, violento—. Pasaba por aquí y entré para saludarles y devolver un libro a tu mujer.
—Buenas tardes —replicó Haskel cortésmente. Dio media vuelta y se encaminó hacia la puerta del sótano, sin hacer caso de ambos—. Estaré abajo.
—¡Pero Verne! —protestó Madge—. ¿Qué ha pasado?
Verne se detuvo un momento en la puerta.
—He dejado mi trabajo.
—¿Qué?
—He dejado mi trabajo. He terminado con Larson. Se acabó.
La puerta del sótano se cerró con estrépito.
—¡Santo Dios! —chilló Madge, aferrando a Tyler con todas sus fuerzas—. ¡Ha perdido el juicio!     
Verne Haskel encendió la luz del sótano de un manotazo, impaciente. Se encasquetó la gorra de maquinista y acercó el taburete a la gran mesa de madera terciada.     
Y ahora, ¿qué?
Muebles Morris. Una tienda enorme y elegante, en la que todos los empleados le miraban por encima del hombro.
Se frotó las manos, regocijado. Al infierno con ellos. Al infierno los estirados empleados, que enarcaban las cejas cuando le veían entrar. Todo cabello, corbatas de lazo y pañuelos doblados.
Quitó la maqueta de Muebles Morris y la desmontó. Trabajaba con prisa frenética, febril. Ahora que por fin había puesto manos a la obra, no quería perder tiempo. Un momento después estaba pegando dos pequeños edificios en lugar del anterior: Limpiabotas Ritz, La Bolera de Pete.
Haskel lanzó una risita, excitado. Una muerte merecida para la lujosa y exclusiva tienda de muebles. Un puesto de limpiabotas y una bolera. Justo lo que merecía.
El Banco Estatal de California. Siempre había odiado el banco. En cierta ocasión le habían negado un préstamo. Lo arrancó.
La mansión de Ed Tildon. Su maldito perro. El perro le había mordido en el tobillo una tarde. Desmontó la maqueta. La cabeza le daba vueltas. Podía hacer lo que le viniera en gana.
Electrodomésticos Harrison. Le habían vendido una radio averiada. Al infierno Electrodomésticos Harrison.
Artículos de Fumador Joe. El dueño le había dado una moneda de 25 centavos falsa en mayo de 1949. Al infierno con él.
La fábrica de tinta. Detestaba el olor a tinta. Lo mejor sería sustituirla por un horno de pan. Le encantaba hornear pan. Al infierno la fábrica de tinta.
La calle Elm estaba demasiado oscura por las noches. Había tropezado un par de veces. Necesitaba más farolas.
No había bastantes bares en la calle High. Demasiadas boutiques, sombrererías caras, peleterías y tiendas para mujeres. Las desprendió de un solo manotazo y las depositó sobre el banco de trabajo.
La puerta del sótano se abrió poco a poco. Madge se asomó, pá­lida y asustada.
—¿Verne?
Haskel la miró con el ceño fruncido, impaciente.
—¿Qué quieres?
Madge bajó, vacilante, seguida por el doctor Tyler, apuesto y elegante en su traje gris.
—Verne... ¿Todo va bien?
—Por supuesto.
—¿De veras..., de veras has dejado tu trabajo?
Haskel asintió con la cabeza. Empezó a desmontar la fábrica de tinta, sin hacer caso de su mujer ni del doctor Tyler.
—Pero, ¿por qué?
—No tengo tiempo —gruñó Haskel, impaciente.
El doctor Tyler empezó a mostrarse preocupado.
—¿Debo entender que estás demasiado ocupado para ir a trabajar?
—Exacto.
—¿Demasiado ocupado en qué? —El doctor Tyler alzó la voz. Temblaba de nerviosismo—. ¿Trabajando en tu ciudad de aquí abajo, cambiando cosas?
—Lárgate —murmuró Haskel.
Sus diestras manos estaban montando un pequeño y encantador horno de pan Langendorf. Le dio forma con cariño, lo pulverizó con pintura blanca y dispuso en la parte delantera un sendero de grava y algunos arbustos. Lo dejó a un lado y se dedicó a construir un parque. Un gran parque verde. Woodland siempre había necesitado un parque. Sustituiría el hotel de la calle State.
Tyler apartó a Madge de la mesa y le indicó que se quedara en un rincón del sótano.
—Santo Dios.
Encendió un cigarrillo con dedos temblorosos. El cigarrillo res­baló de sus manos y rodó por el suelo. Sin hacer caso, encendió otro.
—¿Lo ves? ¿Ves lo que está haciendo?
Madge sacudió la cabeza, casi incapaz de hablar.
—¿Qué es? Yo no...
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando en esto? ¿Toda su vida?
—Sí, toda su vida —corroboró Madge, pálida.
—Dios mío, Madge. —Tyler tenía el rostro descompuesto—. Es su­ficiente para volverte loca. Apenas puedo creerlo. Debemos hacer algo.
—¿Qué está pasando? —gimió Madge—. ¿Qué...?
—Se está hundiendo cada vez más en su propia obsesión.
Una máscara de incrédulo asombro cubría el rostro de Tyler.
—Siempre ha bajado aquí —vaciló Madge—. No es nada nuevo. Siempre ha querido huir.
—Sí, huir.
Tyler se estremeció, cerró los puños y se serenó. Cruzó el sótano y se aproximó a Verne Haskel.
—¿Qué quieres? —murmuró Haskel al advertir su presencia.
Tyler se humedeció los labios.
—Estás añadiendo algunas cosas, ¿verdad? Nuevos edificios.
Haskel asintió con la cabeza.
Tyler tocó el pequeño horno de pan con dedos temblorosos.
—¿Qué es esto? ¿Un horno de pan? ¿Dónde está situado? —Cami­nó alrededor de la mesa—. No recuerdo que Woodland tenga un horno de pan. —Giró sobre sus talones—. ¿No estarás, por casuali­dad, mejorando la ciudad, haciendo algunos cambios?
—Largo de aquí —dijo Haskel, con amenazadora calma—. Los dos.
—¡Verne! —graznó Madge.
—Tengo muchas cosas que hacer. Bájame unos bocadillos hacia las once. Espero terminar esta noche.
—¿Terminar? —preguntó Tyler.
—Terminar —contestó Haskel, volviendo a su trabajo.
—Vamos, Madge. —Tyler la tomó por el brazo y la arrastró hacia la escalera—. Salgamos de aquí. —Pasó delante de ella, subió la es­calera y salió al vestíbulo—. ¡Vamos!
En cuanto Madge llegó arriba, cerró la puerta a sus espaldas.
Madge se frotó los ojos histéricamente.
—¡Se ha vuelto loco, Paul! ¿Qué vamos a hacer?
Tyler estaba abismado en sus pensamientos.
—Tranquilízate. Debo pensarlo bien. —Paseó de un lado a otro, con el ceño fruncido—. Ocurrirá pronto. A esta velocidad, no tardará mucho. En cualquier momento de esta noche.
—¿Qué? ¿A qué te refieres?
—Su retirada a ese mundo substituto. El modelo mejorado que se halla bajo su control, al que puede escapar.
—¿No podemos hacer nada?
—¿Hacer? —Tyler sonrió levemente—. ¿Queremos hacer algo?
Madge tragó saliva.
—Pero no podemos...
—Tal vez esto solucione nuestro problema. Tal vez sea lo que buscábamos. —Tyler miró a la señora Haskel con aire pensativo—. Tal vez sea lo ideal.
Eran casi las dos de la madrugada cuando Haskel hizo los toques finales. Estaba cansado..., pero bien despierto. Los acontecimientos se precipitaban. El trabajo estaba casi terminado.
Prácticamente perfecto.
Dejó de trabajar un momento para inspeccionar sus logros. La ciudad había experimentado un cambio radical. A las diez había ini­ciado alteraciones en la estructura básica del trazado de las calles. Había eliminado la mayoría de los edificios públicos, la zona para peatones y el distrito comercial en plena expansión que lo rodeaba.
Había erigido un ayuntamiento y una comisaría de policía nuevos, así como un inmenso parque con fuentes y luces indirectas. Había despejado los barrios bajos, las antiguas tiendas en decadencia, las casas y las calles. Las calles eran más amplias y estaban mejor iluminadas. Las casas eran pequeñas y limpias. Las tiendas, modernas y atractivas..., sin llegar a ser ostentosas.
Había quitado todos los letreros publicitarios y la mayoría de las gasolineras. Había sustituido la inmensa zona destinada a las fábri­cas por una ondulada campiña: árboles, colinas y hierba verde.
El barrio de los ricos también había sido alterado. Sólo queda­ban algunas mansiones, las pertenecientes a personas que le caían bien. Las restantes habían sido reducidas a viviendas idénticas de dos habitaciones, una planta y un único garaje.
El ayuntamiento de la ciudad ya no era un edificio rococó y re­cargado, sino una estructura baja y sencilla, a imitación del Partenón, uno de sus favoritos.
Había unas diez o doce personas que le habían perjudicado de forma especial. Había alterado sus casas considerablemente. Les había concedido unos apartamentos del tiempo de la guerra, seis por edificio, en el extremo más alejado de la ciudad, donde el vien­to soplaba desde la bahía y transportaba el hedor de las marismas.
La casa de Jim Larson había desaparecido por completo. Había borrado del mapa a Larson. En esta nueva Woodland, casi termina­da, ya no existía.
Casi terminada. Haskel examinó su obra con suma atención. To­dos los cambios debían efectuarse ahora. Era el momento de la creación. Luego, cuando hubiera acabado, ya no podría alterarse. Tenía que realizar ahora todos los cambios necesarios..., o bien ol­vidarlos.

La nueva Woodland tenía un aspecto excelente. Limpia, pulcra..., y sencilla. El distrito rico había sido rebajado de tono. El distrito pobre, por el contrario, había experimentado mejoras. Todos los letreros, enseñas y anuncios luminosos habían sido cambiados o eliminados. El centro comercial era más pequeño. Parques y cam­pos sustituían a las fábricas. La zona para peatones era encanta­dora.
Añadió un par de parques infantiles para los niños pequeños. Un cine de escasa capacidad en lugar del enorme Uptown, con su le­trero de neón. Después de algunas reflexiones, eliminó la mayoría de bares que había construido. La nueva Woodland iba a ser de una moralidad a toda prueba. Pocos bares, y nada de billares o barrios de prostitutas. Y una cárcel a la medida de los indeseables.
Lo más costoso había sido dibujar las letras microscópicas de la puerta principal del ayuntamiento. Lo dejó para el final. Pintó las letras con agonizante minuciosidad:

Alcalde
Vernon R. Haskel

Hizo algunos cambios de última hora. Adjudicó a los Edwards un Plymouth de 1939, en lugar del nuevo Cadillac. Añadió más árboles al centro. Un nuevo parque de bomberos. Una boutique menos. Nun­ca le habían gustado los taxis. Llevado por un impulso, quitó la pa­rada de taxis y puso una florería.
Haskel se frotó las manos. ¿Algo más? Tal vez estaba comple­ta... Perfecta... Examinó cada pieza con la mayor atención. ¿Habría pasado algo por alto?
La escuela superior. La quitó y puso dos más pequeñas, una en cada extremo de la ciudad. Otro hospital. Tardó casi media hora. Empezaba a sentirse cansado. Sus manos actuaban con menor velocidad. Se frotó la frente tembloroso. ¿Algo más? Se sentó en el taburete para descansar y pensar.
Todo terminado. Completo. Le embargó una inmensa alegría. Un grito de felicidad bailaba en la punta de su lengua. Su obra estaba acabada.
—¡He terminado! —chilló Verne Haskel.
Se puso en pie, tambaleante. Cerró los ojos, extendió los brazos y avanzó hacia la mesa de madera terciada. Haskel se dirigió hacia ella con dedos ansiosos. Su rostro arrugado y avejentado transpa­rentaba una radiante exaltación.
Tyler y Madge oyeron el grito, un lejano estruendo que recorrió la casa de un extremo a otro. Madge se encogió visiblemente aterrorizada.
—¿Qué ha sido eso?
Tyler escuchó con atención. Oyó que Haskel se movía en el só­tano. Apagó el cigarrillo bruscamente.
—Creo que ya ha sucedido. Antes de lo que yo esperaba...
—¿Te refieres a que...?
Tyler se puso en pie de un salto.
—Se ha ido, Madge. A su otro mundo. Por fin somos libres.
Madge le tomó por el brazo.
—Quizá nos equivoquemos. Esto es terrible. ¿No deberíamos... hacer algo? Sacarle de ahí... Intentar devolverle a la realidad.
—¿Devolverle a la realidad? —Tyler lanzó una carcajada nervio­sa—. Creo que ya es imposible, aunque quisiéramos. Es demasiado tarde. —Corrió hacia la puerta del sótano.
—Es horrible. —Madge se estremeció y le siguió a regañadientes—. Ojalá no nos hubiéramos involucrado.
Tyler se detuvo un momento en la puerta.
—¿Horrible? Ahora es más feliz, donde se encuentre. Y tú tam­bién. Nadie lo era antes. Es lo mejor que podía pasar.
Abrió la puerta del sótano. Madge le siguió. Bajaron la escalera con cautela y penetraron en el oscuro y silencioso sótano de paredes húmedas.
El sótano estaba desierto.
Tyler se relajó. Una mezcla de alivio y estupor se apoderó de él.
—Se ha ido. Todo va bien. Ha salido a pedir de boca.

—No lo entiendo —repitió Madge, desesperada, mientras el Buick de Tyler recorría las oscuras calles vacías—. ¿Adónde ha ido?
—Ya sabes adónde —respondió Tyler—. A su mundo substituto, por supuesto. —Tomó una curva sobre dos ruedas—. El resto será muy sencillo. Unos trámites de rutina. Ya no queda mucho por hacer.
La noche era lóbrega y fría, apenas iluminada por alguna farola ocasional. Un tren emitió a lo lejos un fúnebre silbido. Filas de casas silenciosas pasaban a ambos lados del coche.
—¿Adónde vamos? —preguntó Madge.
Estaba recostada contra la puerta, pálida de terror. Temblaba como una hoja.
—A la comisaría de policía.
—¿Para qué?
—Para informar que ha desaparecido, por supuesto. Tendre­mos que esperar varios años antes que le declaren legalmente muerto. —Tyler alargó el brazo y la acarició un momento—. Mientras tanto, nos las arreglaremos, estoy seguro.
—¿Y si... le encuentran?
Tyler sacudió la cabeza, irritado. Los nervios aún no le habían abandonado.
—¿Es que no lo entiendes? Nunca le encontrarán: no existe. En nuestro mundo no, al menos. Se encuentra en el suyo. Tú lo viste. En la maqueta, el substituto mejorado.
—¿Está allí?
—Se ha pasado toda la vida trabajando en la maqueta, constru­yéndola, transformándola en algo real. Él logró que ese mundo co­brara existencia..., y ahora está en él. Es lo que deseaba. Por eso lo construyó. No se limitó a soñar con un mundo de fantasía. Lo cons­truyó..., pieza a pieza, fragmento a fragmento. Ahora, se ha despla­zado de nuestro mundo al suyo. Ha salido de nuestras vidas.
Madge empezó a comprender.
—Por lo tanto, fue absorbido literalmente por ese mundo alterna­tivo. A eso te referías cuando dijiste que quería... huir.
—Tardé un poco en darme cuenta. La mente construye la reali­dad. La moldea. La crea. Todos compartimos una realidad, un sueño, pero Haskel volvió la espalda a nuestra realidad común y creó una propia. Y poseía una capacidad única, extraordinaria. Dedicó toda su vida y toda su habilidad a construirla. Ahora se encuentra en ella.
Tyler vaciló y frunció el ceño. Aferró el volante con determina­ción y aceleró. El Buick corrió como una flecha por la oscura calle, atravesando la negrura silenciosa e inmóvil que era la ciudad.
—Hay algo que todavía no entiendo —prosiguió.
—¿Qué es?
—La maqueta. También ha desaparecido. Supuse que él se ha­bía... encogido, por así decirlo. Se había fundido con ella. Pero la maqueta también ha desaparecido. —Tyler se encogió de hombros—. Da igual. —Escudriñó la oscuridad—. Casi hemos llegado. Ésa es la calle Elm.
Fue entonces cuando Madge chilló.
—¡Mira!
A la derecha del vehículo se veía un pequeño y pulcro edificio. Y un letrero. El letrero podía leerse con toda facilidad en la pe­numbra.

Funeraria de Woodland

Madge sollozó horrorizada. El coche saltó hacia adelante, guia­do automáticamente por las manos entumecidas de Tyler. Mientras pasaban frente al ayuntamiento, otro letrero destelló durante unos segundos.

Tienda de Mascotas Steuben

El ayuntamiento estaba bañado por luces ocultas en algunos huecos. Se trataba de un edificio bajo y sencillo, un cuadrado blan­co y resplandeciente. Como un templo de mármol griego.
Tyler frenó el coche, gritó y encendió de nuevo el motor. Pero no con bastante rapidez.
Los dos relucientes coches negros de la policía flanquearon en silencio el Buick, uno a cada lado. Los cuatro severos policías ya tenían las manos en la puerta. Descendieron y avanzaron hacia él, sombríos y eficientes.


FIN

Título Original: Small Town © 1954.
Escaneado, Revisado y Editado por Arácnido.


   
 

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