El efecto de una relectura
29-09-05 Armando Montesinos
* Jean Rhys
"Regresé, por casualidad y tras mucho tiempo, a este cuento que nos cuenta otro cuento..." A través de estas relecturas tejidas, autor y lector devienen uno.
“El efecto de un cuento”. Así titula Enrique Vila-Matas su relectura de “Aquí vivía yo”, uno de los relatos más perfectos, y desoladores –y eso es mucho decir en su caso- de la maravillosa Jean Rhys, “un cuento elegíaco y de fantasmas a la vez”. En la historia original –apenas dos páginas; recogida en el libro “Que usted la duerma bien, señora”- una mujer se halla en la orilla de un río, que cruza saltando, recordándolas una a una, sobre las piedras. Todo le es familiar; sólo el cielo parece distinto: vidrioso es la única palabra que se le ocurre. Su recorrido le conduce a los gastados escalones de una casa. Se extraña ante la presencia de un automóvil. Un chico y una niña juegan bajo el corpulento mango del jardín. Hola, dice al acercarse a ellos, que ni siquiera vuelven la cabeza. “Aquí vivía yo”. Hola, repite mientras alarga instintivamente los brazos hacia los niños. El chico se gira, y sus ojos grises la atraviesan mientras dice: “Se ha levantado frío de repente. ¿No lo notas? Vamos adentro”. “Sí, vamos adentro”, dice la niña”. La mujer deja caer los brazos, tan abatida como el lector que lee, escalofriado, la frase que cierra el relato: “Por primera vez se daba cuenta de la realidad”.
Vila-Matas, con su magnífica habilidad para trenzar literatura y vida, cuenta el impacto que la narración de la historia de la escritora antillana, escuchada casualmente, produce en un niño de siete años. “Era ya de noche en Nueva Orleans cuando a Regis le tembló la mano y le cayó al suelo su vaso de leche, y me dijo: Anda, repite el cuento. Se le veía tan terriblemente afectado por lo que yo acababa de contarle a su madre que no parecía conveniente repetirle nada. Era, por otro lado, chocante que el cuento le hubiera hecho aquél efecto, pues no era una historia que pudiera entender fácilmente un niño”. Pero Regis, visiblemente triste, musita “Aquí vivía yo”, y se queda silencioso y pensativo el resto de la velada hasta que, rendido, cae dormido. Por la mañana, empalidecido y febril por el abatimiento, ha de guardar cama, aunque el doctor asegura que no tiene nada. El narrador resume la iniciática experiencia del encuentro con la muerte: “Al día siguiente, Regis había recuperado toda su vitalidad, y se reía de cualquier cosa. Todo le hacía gracia. Pero ya no era el mismo. Había terminado la infancia para él. Y se reía, se reía de todo”.
Regresé, por casualidad y tras mucho tiempo, a este cuento que nos cuenta otro cuento apenas unas horas antes de visitar la exposición que La Casa Encendida, en Madrid, dedica actualmente a Juan Muñoz, y la frase “Aquí vivía yo” me acompañó en el recorrido por las salas, agitándose en mi interior como un tentetieso y pugnando por pronunciarse, del mismo modo en que algunas de las figuras expuestas, moviendo los labios, pugnan por decir, aun sin ser oídas. “La voz sola” es el título de esta excelente muestra, que arropa con una acertada selección de obras – fotos, dibujos, y tensas escenas inmóviles en las que la voz es implícita u oblicuamente protagonista - a las piezas para radio creadas por Muñoz, con colaboradores como Gavin Bryars, Alberto Iglesias, John Malkovich o John Berger.
La anunciada presencia de éste último para participar, dentro de unas semanas, en la lectura de una de las obras radiofónicas me llevó, a su vez, a releer una narración suya, “Woven, Sir”, publicada en el número de abril de 2001, apenas unos meses antes de la desaparición del escultor, en la revista New Yorker. Dentro del ejemplar encontré unas páginas recortadas de El Pais Semanal, de fecha 3 de septiembre del 2000, con el cuento de Berger, titulado “Tejido, señor”, acompañado de una ilustración de Sigfrido Martín Begué. Lo extraño es que no recordaba en absoluto esta traducción española, que parece ser una primera versión –o una versión editada, y no siempre bien traducida- de la historia, dado que en ella faltan algunas partes importantes y aparece alguna frase que no se encuentra en el original inglés.
“Estoy en Madrid y espero a mi amigo Juan, un escultor, que me parece que se va a retrasar”, comienza el texto, que en la traducción continúa con una frase que, por relevante, sorprende que no aparezca en la versión inglesa: “Sus estatuas no se retrasan nunca; están siempre ahí, enigmáticamente, en el lugar de la cita”.
Mientras espera en el salón del hotel Ritz en el que han quedado citados, Berger contempla las idas y venidas de los clientes: una reunión de inversores con copas de champán, los preparativos de la rueda de prensa de una actriz de televisión, un hombre fumando un habano sentado junto a unas veteranas de la cirugía estética, una joven que intenta leer un libro mientras también espera a alguien...Por la ancha escalera baja un hombre con gorra de cuadros, chaqueta de tweed y bombachos. Se apellida Tyler, pero Berger no recuerda su nombre, tal vez porque
“evocaba el misterio que le rodeaba, sobre todo el misterio de la derrota que había sufrido. Yo siempre me dirigía a él como “señor”. “
“No creo que me hubiera fijado en él bajando la escalera de no haberme encontrado inesperadamente con mi madre, en Lisboa, unos meses antes.(......) El encuentro con mi madre me llevó a observar las cosas de manera diferente”. Una anciana está sentada en un banco de una plazoleta sombreada por olmos, palmeras y jacarandas. La situación tiene todo el aire de “Aquí vivía yo”:
“Se levantó, se dio la vuelta, y vino hacia mí usando el paraguas como bastón. Al instante reconocí a mi madre.
¿Qué haces aquí?. Estaba sorprendido.
Hay algo que deberías de saber, mi niño, y es que los muertos no se quedan donde están enterrados.
Naturalmente, contesté.
No estoy hablando del Cielo, dijo. El Cielo está muy bien, pero hablo de otra cosa muy diferente. Los muertos pueden elegir dónde quieren vivir en la Tierra, suponiendo que quieran seguir en la Tierra. (...) Puedes encontrarte con los muertos en cualquier sitio, dijo.”
Curiosamente, este encuentro, aun siendo la bisagra que marca el cambio de tono en la narración, no aparece en la versión española. A partir de aquí, y con la pasmosa naturalidad de la maestría, Berger logra que el lector comparta su estado de ensoñación, tejiendo sus recuerdos y sensaciones con fluidez onírica. Los personajes reales y recordados se van anudando, como se anudan el comentario social preciso y la compasiva comprensión de lo humano característicos del autor. Tyler se sienta al lado de las señoras de cicatrices y piel estirada, convertidas ahora en Circe y Pasifae; un joven ministro y sus guardaespaldas se asoman al salón para ver quién hay; el camarero de guantes blancos trae una botella de vino blanco...
Tyler fue su antiguo maestro, o como prefería ser llamado, su tutor, en una escuela que no era sino una cabaña con tejado de chapa pintada de verde al borde de los campos, donde el niño Berger y otros cinco críos aprendían desde aritmética y latín a carpintería y botánica. Tyler dibujaba, vivía sólo, preparaba tostadas con miel; el niño Berger tenía sabañones y aprendía a preguntar, a callar, y a percibir el mundo secreto de los mayores “Yo tenía siete años”, escribe, y el lector da un respingo en el asiento: ¡la edad de Regis! Y su misma lúcida fragilidad: “El hombre que me enseñó a escribir fue la primera persona que me hizo consciente de lo que es una pérdida irreparable.”
Tyler –“metódico, pulcro, áspero y tímido, que creía que la calidad importaba más que nada en el mundo” - murió, cincuentón, acabada la Segunda Guerra Mundial. Pudo ser el gas, o el fuego, o un accidente, pudo incluso matarse; lo cierto es que las causas fueron la indiferencia o el descuido. Los flashes se disparan: por fin aparece la actriz , rodeada de admiración y de envidia. Circe y Pasifae se despiden. Llega el desenlace:
“Cuando haga la sombra en un dibujo, no haga garabatos. ¿Está claro, Berger? Trace con cuidado una raya junto a otra, y luego otra, y otra. Después sombree en el otro sentido, y de esa manera las líneas tejerán el dibujo. Verbo tejer. ¿Participio pasivo?
Tejido, señor.
Juan viene por detrás, me tapa los ojos con las manos y pregunta: “Quién soy?”.
De golpe, escalofriado, el lector es Regis. Como la mujer en la historia de Jean Rhys, por primera vez se da cuenta de la realidad. Las manos que velan los ojos, la voz sola que pregunta por su identidad, ya no rompen nuestra ensoñación: despertamos dentro de un sueño que continúa, atrapados en una historia sin final. Hoy, ausente Juan Muñoz, la narración toma un giro inesperado, se convierte en otra, nos cuenta un cuento que Francis Picabia condensó en una línea: “La muerte es la prolongación horizontal de un sueño ficticio, puesto que la vida no es demostrable”. Somos historias dentro de historias que el Tiempo reescribe. Perpetua relectura.