
Un protestante anónimo que los medios han bautizado como "The Splasher" está cubriendo los graffiti de Nueva York con cubos de pintura y un manifesto condenando a los artistas callejeros de haberse aburguesado. Una parte del manifesto dice Destroy the museums, in the streets and everywhere.
Me ha recordado a una anécdota divertida que contó Mogens Jacobsen cuando presentó su Crime Scene en el segundo Copyfight.
Crime Scene es un circuito cerrado en el que dos ordenadores, sin teclado ni ratón, intercambian archivos de música. El intercambio sucede de manera que, cuando uno de los ordenadores tiene el arcivo completo, el otro ordenador lo solicita de vuelta y así hay una serie de canciones en circulación, siempre las mismas, que van de un disco duro a otro sin intervención humana de ningún tipo. La pieza se llama Crime Scene porque los ordenadores están cometiendo una infracción, aunque ninguna de esas canciones llegue a escucharse nunca. Con ella Jacobsen quería mostrar los aspectos más absurdos de las leyes de Propiedad Intelectual.
Las instituciones danesas encontraron la obra interesante pero no la podían mostrar, precisamente porque vulneraba los derechos de los artistas cuyas canciones se estaban intercambiando. Para solucionar el problema, el ministerio de cultura propuso la siguiente solución: ¿por qué no comprar los derechos de las canciones para ambos ordenadores? Jacobsen, evidentemente, les tuvo que decir que no. Sin crimen, su obra no tenía sentido. Irónicamente, estarían vulnerando sus derechos de Propiedad Intelectual al alterar, aunque sólo fuera conceptualmente, su instalación. Le habrían convertido en un fraude.
Me acordé porque son casos gemelos: después de tres décadas discutiendo si el arte callejero es arte o no es arte, al integrarlo finalmente en el canon académico junto con el resto del arte contemporáneo, han alterando lo más esencial de su naturaleza, su capacidad de existir fuera del sistema y contra el sistema. Que Marc Schiller, de Wooster Collective diga que está desconsolado por la facilidad con que se puede destruir una obra de arte de manera anónima no hace más que confirmar las acusaciones. El grafitti no es eterno, pertenece al entorno y cambia con él, igual que la relevancia de su mensaje o la belleza de su representación. Un graffiti en un museo es un fraude.
En mi última visita a Barcelona, un atractivo comisario de exposiciones me dijo al oído: todos los museos deberían arder hasta los cimientos. Parece que ya sois dos.
Tan lejos... tan cerca, siempre LPC


