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30.04.2017 / Sesión no Iniciada 
_LITERATURA * ENSAYO

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En estos tiempos de hipercomunicación bastaría la invitación de enviar a un amigo cualquiera de los textos que consideres interesantes algo redundante: demasiada comunicación, demasiados textos y , en general, demasiado de todo.
Es posible que estemos de acuerdo... pero cuando encuentras algo interesante en cualquier sitio, la red, la calle, tu casa, o un lugar escondido y remoto, compartirlo no sólo es un acto (acción, hecho) de amistad o altruismo, también es una manera de ahorrar tiempo a los demás (y de que te lo ahorren a ti (si eres afortunado) a costa del tiempo que tu has podido derrochar (emplear) y el gustazo de mostrar que estuviste ahí (o donde fuera ) un poco antes (el tiempo ya no es más el que era).
Comparte con tus conocidos aquello que encuentras, es evolución.
Impostor
28-12-06 Philip K. Dick 

 
—Un día de estos voy a tomarme unas vacaciones —dijo Spence Olham mientras desayunaba. Miró a su esposa—. Creo que me me­rezco un descanso. Diez años es mucho tiempo.
—¿Y el proyecto?

—Ganarán la guerra sin mí. Nuestra querida bola de arcilla no co­rre tanto peligro. —Olham se sentó a la mesa y encendió un cigarri­llo—. Las máquinas de noticias alteran los reportajes para hacernos creer que los alienígenas nos llevan la delantera. ¿Sabes lo que me gustaría hacer durante las vacaciones? Me gustaría ir de campamento a las montañas que hay en las afueras de la ciudad, donde fuimos aquella vez. ¿Te acuerdas? Me topé con un zumaque venenoso y tú casi pisas una culebra.
—¿El bosque de Sutton? —Mary empezó a transportar los platos al fregadero—. El bosque se quemó hace unas semanas. Pensé que lo sabías. Un incendio repentino.
Olham se entristeció.
—¿Ni siquiera intentaron averiguar la causa? —Frunció los labios—. Ya nadie se preocupa. Sólo piensan en la guerra. —Tensó la mandíbula, recordando todos los elementos de la situación: los alienígenas, la guerra, las naves-aguja.
—¿Cómo se puede pensar en otra cosa?
Olham cabeceó. Su mujer tenía razón, por supuesto. Las pequeñas naves oscuras de Alfa Centauri habían burlado a los cruceros terrícolas con suma facilidad; los habían dejado atrás como a tortugas indefensas. Había sido un desfile triunfal, hasta llegar a la Tierra.
Un desfile triunfal, hasta que los laboratorios Westinghouse hi­cieron una demostración de la burbuja protectora. La burbuja, que envolvió al principio las principales ciudades de la Tierra y después todo el planeta, era la primera defensa real, la primera respuesta vá­lida a los alienígenas..., como las máquinas de noticias les habían bautizado.
Pero ganar la guerra era otra historia. Cada laboratorio, cada proyecto, trabajaban día y noche, sin tregua, para encontrar algo más: un arma de ataque. Su propio proyecto, por ejemplo. Todo el día, año tras año.
Olham se levantó y apagó el cigarrillo.
—Como la espada de Damocles. Siempre pendiente sobre nues­tras cabezas. Me estoy cansando. Lo único que quiero es tomarme un largo descanso, aunque imagino que todo el mundo piensa igual.
Sacó la chaqueta del armario y salió al porche delantero. El pro­yectil, el veloz y pequeño vehículo que le llevaba al proyecto, pa­saría en cualquier momento.
—Espero que Nelson no se retrase. —Consultó su reloj—. Son casi las siete.
—Aquí viene el coche —dijo Mary, señalando entre dos filas de casas.
El sol brillaba detrás de los tejados, reflejándose contra las pe­sadas planchas de plomo. El pueblo estaba silencioso; muy poca gente se había levantado.
—Hasta luego. Procura no seguir trabajando después que haya terminado tu turno, Spence.
Olham abrió la puerta del coche y se deslizó en el interior; luego se reclinó con un suspiro contra el asiento. Un hombre de edad avan­zada acompañaba a Nelson.
—¿Y bien? —dijo Olham mientras el vehículo aceleraba—. ¿Te has enterado de alguna noticia interesante?
—Lo de costumbre —respondió Nelson—. Algunas naves alieníge­nas alcanzadas, otro asteroide abandonado por motivos estratégicos.
—Me alegraré cuando alcancemos la última fase del proyecto. No sé si atribuirlo a la propaganda de las máquinas de noticias, pero desde hace un mes estoy muy cansado de todo esto. Todo es tan sombrío y serio, tan carente de vida.
—¿Piensa que la guerra es inútil? —preguntó el anciano de repen­te—. Usted es una parte importante de ella.
—Te presento al mayor Peters —dijo Nelson.
Olham y Peters se estrecharon las manos. Olham examinó al hombre.
—¿Qué le trae por aquí tan temprano? —preguntó—. No recuerdo haberle visto antes por el proyecto.
—No, no trabajo en el proyecto, pero sé algo de lo que están ha­ciendo. Mi tarea es muy diferente.
Nelson y él intercambiaron una mirada. Olham la observó y frunció el ceño. El vehículo aumentó la velocidad y atravesó el te­rreno yermo y sin vida, en dirección a la silueta lejana del edificio que albergaba el proyecto.
—¿En qué trabaja? —preguntó Olham—. ¿O no tiene permiso para hablar de ello?
—Trabajo para el gobierno —respondió Peters—. En la ASF, el ór­gano de seguridad.
—¿Sí? —Olham arqueó una ceja—. ¿Se han producido infiltracio­nes enemigas en esta región?
—En realidad, he venido a verle a usted, señor Olham.
Olham se quedó asombrado. Reflexionó sobre las palabras de Peters, pero no llegó a ninguna conclusión.
—¿A verme a mí? ¿Por qué?
—He venido a detener a un espía alienígena. Por eso me he le­vantado tan temprano esta mañana. Atrápele, Nelson...
La pistola se hundió en las costillas de Olham. Las manos de Nelson temblaban a causa de la tensión liberada. Estaba pálido. Respiró profundamente y exhaló el aire.
—¿Le matamos ahora? —susurró a Peters—. Creo que deberíamos matarle ahora. No podemos esperar.
Olham miró a su amigo. Abrió la boca para hablar, pero no con­siguió articular ninguna palabra. Los dos hombres le observaban fijamente, rígidos y aterrorizados. Olham se sintió mareado. La cabeza le dolía y le daba vueltas.
—No entiendo —murmuró.
En aquel momento, el coche abandonó el suelo y voló hacia el espacio. El proyecto fue empequeñeciendo hasta desaparecer. Olham cerró la boca.
—Esperemos un poco —dijo Peters—. Antes quiero hacerle algunas preguntas.
Olham mantenía la vista clavada en el frente, mientras el vehícu­lo proseguía su viaje.
—La detención se llevó a cabo sin el menor problema —dijo Pe­ters a la videopantalla. Aparecieron las facciones del jefe de segu­ridad—. Todos nos hemos quitado un peso de encima.
—¿Alguna complicación?
—Ninguna. Entró en el coche sin sospechar. Mi presencia no le resultó excesivamente extraña.
—¿Dónde se encuentran ahora?
—En camino, dentro de la burbuja protectora. Nos desplazamos a la velocidad máxima. Dé por hecho que el período crítico ya ha pasado. Me alegro que los motores de despegue del vehículo hayan funcionado a la perfección. Si se hubiera producido algún fallo...
—Déjeme verle —dijo el jefe de seguridad. Contempló a Olham durante un rato. Éste se mantuvo en silencio. Por fin, el jefe hizo una señal con la cabeza a Peters—. Muy bien. Es suficiente. —Cierto desagrado se reflejó en sus facciones—. He visto todo cuanto quería. Han hecho algo que será recordado durante mucho tiempo. Es po­sible que se les conceda una mención honorífica.
—No es necesario —dijo Peters.
—¿Hay algún peligro? ¿Existe alguna posibilidad que...?
—Alguna, pero no demasiadas. Según tengo entendido, basta con pronunciar una frase clave. En cualquier caso, correremos el riesgo.
—Notificaré a la base lunar que están en camino.
—No. —Peters negó con la cabeza—. Aterrizaré fuera de la base. No quiero someterla a ningún peligro.
—Como quiera.
Los ojos del jefe centellearon cuando miró de nuevo a Olham. Después, su imagen se desvaneció. La pantalla se apagó.
Olham desvió la vista hacia la ventana. La nave ya estaba atra­vesando la burbuja protectora, sin cesar de acelerar. Peters tenía pri­sa; bajo el suelo, los chorros de los motores estaban abiertos por completo. Le tenían miedo, y por eso corrían a tal velocidad.
Nelson se removió a su lado, inquieto.
—Creo que deberíamos hacerlo ya —dijo—. Daría cualquier cosa con tal de terminar ahora mismo.
—Tranquilo —dijo Peters—. Quiero que conduzca la nave durante un rato para que pueda hablar con él.
Se sentó junto a Olham y le miró a la cara. Extendió la mano con cautela y le tocó el brazo, y después la mejilla.
Olham calló. «Si pudiera informar a Mary —pensó—. Si encontra­ra una forma de decírselo...» Miró a su alrededor. ¿Cómo? ¿Por la videopantalla? Nelson estaba sentado junto al tablero, sujetando la pis­tola. No podía hacer nada. Estaba atrapado.
Pero, ¿por qué?
—Escuche —dijo Peters—, quiero hacerle algunas preguntas. Ya sabe adonde vamos. A la Luna. Dentro de una hora aterrizaremos en su cara oculta. Después, le entregaremos de inmediato a un equipo de hombres que le está esperando. Su cuerpo será destruido al instante. ¿Lo entiende? —Consultó su reloj—. Dentro de dos horas, sus miembros yacerán esparcidos por el paisaje. No quedará nada de usted.
Olham salió de su letargo.
—¿No puede decirme...?
—Claro que se lo diré —asintió Peters—. Hace dos días recibimos el informe que una nave alienígena había penetrado la burbuja protectora. De la nave saltó un espía con forma de robot humanoide. La misión del robot era destruir a un ser humano en particular y suplantarle.
Peters observó con calma a Olham.
—Dentro del robot había una bomba U. Nuestro agente no sabía cómo iba a detonar la bomba, pero creía que sería mediante una frase, un grupo determinado de palabras. El robot viviría igual que la persona a la que había asesinado, realizaría sus actividades habi­tuales, su trabajo, su vida social. Fue construido para parecerse a esa persona. Nadie notaría la diferencia.
Un enfermizo color yeso tiñó la cara de Olham.
—La persona que el robot debía suplantar era Spence Olham, un funcionario de alto nivel que trabajaba en un proyecto de investiga­ción. Dado que este proyecto en particular se acercaba a su fase crucial, la presencia de una bomba viviente en el corazón del pro­yecto...
Olham se miró las manos.
—¡Pero si yo soy Olham!
—Una vez localizado y asesinado Olham, al robot no le costaría nada asumir su vida. Creemos que el robot fue lanzado desde la nave hace unos ocho días. La sustitución debió llevarse a cabo el pasado fin de semana, cuando Olham fue a pasear por las colinas.
—Pero yo soy Olham. —Se volvió hacia Nelson, que estaba sen­tado a los controles—. ¿No me reconoces? Hace veinte años que somos amigos. ¿Ya no recuerdas que fuimos a la escuela juntos? —Se levantó—. Y también fuimos juntos a la universidad. Compartimos la misma habitación.
—¡Aléjate de mí! —chilló Nelson.
—Escucha. ¿Te acuerdas del segundo curso? ¿Te acuerdas de aquella chica? ¿Cómo se llamaba...? —Se frotó la frente—. La del ca­bello oscuro, la que conocimos en casa de Ted.
—¡Basta! —Nelson movió la pistola frenéticamente—. No quiero escuchar nada más. ¡Tú le mataste! Tú..., máquina.
—Estás equivocado —dijo Olham a Nelson—. No sé lo que ha pasado, pero el robot no me atacó. Algo debió salir mal. Quizá la nave se estrelló. —Se volvió hacia Peters—. Yo soy Olham. Lo sé. No se ha producido ninguna sustitución. Soy el mismo de siempre.
Se tocó y recorrió su cuerpo con las manos.
—Tiene que haber alguna forma de demostrarlo. Llévenme de nuevo a la Tierra. Un examen de rayos X o un estudio neurológico serán suficientes. Tal vez encontremos la nave estrellada.
Ni Peters ni Nelson hablaron.
—Soy Olham —repitió—. Sé que lo soy, pero no puedo demos­trarlo.
—El robot ignoraría que no era el auténtico Spence Olham. Se transformaría en Olham en mente y cuerpo. Se le proporcionó un sistema de memoria artificial, falsos recuerdos. Tendría su mismo aspecto, sus recuerdos, sus pensamientos e intereses, realizaría su trabajo.
»Pero con una diferencia: dentro del robot hay una bomba U, lis­ta para estallar en cuanto suene la frase clave. —Peters se apartó un poco—. Ésa es la diferencia. Por eso le llevamos a la Luna. Le des­membrarán y desactivarán la bomba. Tal vez estalle, pero no impor­ta, siempre que lo haga allí.
Olham se sentó lentamente.
—Llegaremos en seguida —dijo Nelson.
Olham se reclinó en su asiento, devanándose los sesos, mientras la nave descendía poco a poco. Bajo ellos se extendía la torturada superficie de la Luna, la interminable llanura sembrada de cráteres. ¿Qué podía hacer? ¿Qué podía hacer para salvarse?
—Prepárese —dijo Peters.
Dentro de unos minutos estaría muerto. Divisó un punto dimi­nuto, algún edificio. Había hombres en el edificio, el equipo de demolición, aguardando el momento de cortarle en pedazos. Le abrirían en canal, le arrancarían los brazos y las piernas, le destriparían. Se quedarían sorprendidos al no encontrar la bomba; sabrían la verdad, pero demasiado tarde.
Olham examinó la pequeña cabina. Nelson seguía empuñando la pistola. No le concedería la menor oportunidad. Si conseguía que un médico le examinara... Era la única solución. Mary podría ayudarle. Su mente funcionaba a toda máquina. Le quedaban muy pocos minutos. Si pudiera comunicarse con ella, informarla de alguna forma.
—Despacio —dijo Peters.
La nave descendió con lentitud, rebotando en el escabroso terre­no. Se hizo el silencio.
—Escuche —dijo Olham, con voz ronca—, puedo demostrar que soy Spence Olham. Traiga a un médico...
—Allí está el equipo —señaló Nelson—. Ya vienen. —Miró a Olham con nerviosismo—. Espero que no ocurra nada.
—Nos iremos antes que empiecen a trabajar —dijo Peters—. Nos largaremos dentro de un momento. —Se puso el traje presurizado. Cuando hubo terminado, le quitó la pistola a Nelson—. Yo le vigilaré.
Nelson se puso a toda prisa el traje, maniobrando torpemente.
—¿Y él? —indicó a Olham—. ¿Necesita uno?
—No. —Peters negó con la cabeza—. Los robots no necesitan oxí­geno.
El grupo de hombres había llegado casi a la nave. Se detuvo y esperó. Peters les hizo una señal.
—¡Adelante!
Agitó la mano y los hombres avanzaron. Figuras rígidas y gro­tescas, embutidas en sus trajes inflados.
—Si abre esa puerta —dijo Olham—, significará mi muerte. Será un asesinato.
—Abra la puerta —dijo Nelson, extendiendo la mano hacia el pomo.
Olham le miró fijamente. Vio que la mano del hombre se cerraba alrededor de la vara metálica. La puerta se abriría dentro de un segundo y el aire de la nave se escaparía. Moriría, y entonces comprenderían su error. Quizá en otra época, cuando no hubiera guerra, los hombres no actuarían de esta forma, arrojando a un individuo a la muerte porque estaban asustados. Todo el mundo estaba asustado, todo el mundo deseaba sacrificar al individuo en aras del temor del grupo.
Le estaban asesinando porque no podían esperar a estar seguros de su culpabilidad. No tenían tiempo.
Olham miró a Nelson, su amigo de tantos años. Habían ido jun­tos al colegio. Había sido su padrino de boda. Ahora, Nelson se aprestaba a matarle. Pero Nelson no era malo; no era culpa suya. Eran los tiempos. Quizá había sucedido lo mismo durante las plagas. Si a un hombre le salía una mancha significaba la muerte inmediata, sin un momento de vacilación, sin prueba, basándose en meras sos­pechas. En tiempos de peligro, era el único método.
No les culpaba, pero tenía que vivir. Su vida era demasiado pre­ciosa para sacrificarla. Olham pensó con rapidez. ¿Qué podía ha­cer? ¿Había alguna posibilidad? Miró a su alrededor.
—Voy a abrir —dijo Nelson.
—Tiene razón —dijo Olham. El sonido de su voz le sorprendió. Era la fuerza de la desesperación—. No necesito aire. Abra la puerta.
Los dos hombres se inmovilizaron y le miraron, alarmados e in­trigados al mismo tiempo.
—Adelante. Ábranla. Da igual. —La mano de Olham desapareció en el interior de su chaqueta—. Me pregunto si corren con rapidez.
—¿Correr?
—Les quedan quince segundos de vida. —Sus dedos se crisparon dentro de su chaqueta y su brazo se puso rígido de repente. Se re­lajó y sonrió—. Estaban equivocados en lo referente a la frase clave. Quedan catorce segundos.
Dos rostros sobresaltados le miraron desde los trajes presurizados. Ambos se precipitaron hacia la puerta y la abrieron. El aire huyó con un silbido hacia el vacío. Peters y Nelson salieron de la nave como una flecha. Olham les siguió. Empujó la puerta y la ce­rró. El sistema de presurización automático resopló con furia y re­novó el aire. Olham dejó escapar un suspiro y se estremeció.
Un segundo más...
Vio por la ventana que los dos hombres se habían reunido con el grupo. Éste se dispersó en todas direcciones. Uno a uno los hom­bres se fueron arrojando al suelo. Olham se sentó ante el cuadro de mandos. Movió los cuadrantes. Cuando la nave despegó, los hombres se pusieron en pie y levantaron la vista, boquiabiertos.
—Lo siento —murmuró Olham—, pero debo regresar a la Tierra.
Enfiló la nave por el camino de ida.

Era de noche. Los grillos cantaban alrededor de la nave, turban­do las frías tinieblas. Olham se inclinó sobre la pantalla. La imagen se formó poco a poco; había podido efectuar la llamada sin proble­mas. Dejó escapar un suspiro de alivio.
—Mary —dijo.
La mujer le miró y tragó saliva.
—¡Spence! ¿Dónde estás? ¿Qué ha pasado?
—No puedo decírtelo. Escucha, debo hablar de prisa. Pueden in­terferir la llamada en cualquier momento. Ve a las dependencias del proyecto y ponte en contacto con el doctor Chamberlain. Si no está, habla con cualquier médico. Llévale a casa y dile que se espere. Dile que traiga aparatos, rayos X, fluoroscopio, todo.
—Pero...
—Haz lo que te digo. Date prisa. Dile que esté preparado dentro de una hora. —Olham se inclinó hacia la pantalla—. ¿Va todo bien? ¿Estás sola?
—¿Sola?
—¿Hay alguien contigo? ¿Te ha llamado Nelson..., o cualquier otra persona?
—No, Spence. No entiendo nada.
—Muy bien. Nos veremos en casa dentro de una hora. Y no se lo digas a nadie. Ve a ver a Chamberlain con cualquier pretexto. Dile que estás muy enferma.
Cortó la comunicación y consultó su reloj. Un momento después abandonó la nave y se internó en la oscuridad. Tenía que recorrer casi un kilómetro.
Empezó a caminar.

Se veía una luz en la ventana, la luz del estudio. La observó, arrodillado junto a la verja. Ni ruidos ni movimientos. Alzó el reloj a la luz de las estrellas. Había pasado casi una hora.
Un vehículo apareció en la calle y pasó de largo.
Olham miró en dirección a la casa. El médico ya debería haber llegado. Seguramente, estaría dentro, esperando con Mary. Se le ocurrió un pensamiento. ¿Habría podido Mary salir de casa? Tal vez la habían interceptado. Tal vez se estaba metiendo en una trampa.
Pero, ¿qué otra cosa podía hacer?
Los informes, exámenes y placas radiográficas de un médico le darían una oportunidad de demostrar su identidad. Si podía ser so­metido a examen, si vivía lo suficiente para que le revisaran...
Lo demostraría de esa forma. Probablemente, era la única solu­ción. Su única esperanza se hallaba en su casa. El doctor Chamber­lain era un hombre respetado. Era el médico del equipo que traba­jaba en el proyecto. Su palabra bastaría. Su dictamen daría al traste con la histeria y la locura.
Locura... Eso era. Si accedieran a esperar, a actuar con parsimo­nia, a tomarse su tiempo... Pero no podían esperar. Él tenía que morir, morir cuanto antes, sin pruebas, sin juicios ni exámenes. La prueba más simple lo demostraría, pero ni siquiera tenían tiempo que perder en la prueba más simple. Sólo pensaban en el peligro. En el peligro, y en nada más.
Se irguió y avanzó hacia la casa. Llegó al porche. Se detuvo ante la puerta y escuchó. Ningún ruido. La casa estaba en completo silencio.
Demasiado silencio.
Olham permaneció inmóvil en el porche. Los que se encontra­ban en el interior se esforzaban por guardar el máximo silencio. ¿Por qué? Era una casa pequeña; a escasos metros de distancia, de­trás de la puerta, Mary y el doctor Chamberlain estarían esperando. Sin embargo, no oía nada, ni el susurro de voces, nada en absoluto. Miró la puerta. Era la puerta que había abierto y cerrado miles de veces, cada mañana y cada noche.
Apoyó la mano en el pomo, pero desistió y tocó el timbre. El timbre sonó en algún lugar de la casa. Olham sonrió. Había captado movimientos.
Mary abrió la puerta. En cuanto Olham vio su cara lo comprendió.
Se lanzó corriendo hacia los arbustos. Un oficial de seguridad apartó a Mary de un empellón y disparó. Los arbustos saltaron en pedazos. Olham se escurrió detrás de la casa. Se irguió de un salto y huyó frenéticamente, hundiéndose en las tinieblas. Un foco alum­bró de repente la zona.
Olham cruzó la carretera y saltó una valla. Atravesó un patio tra­sero. Oficiales de seguridad le perseguían, intercambiando gritos. Olham jadeó, falto de aliento. Su respiración era muy agitada.
El rostro de Mary... Lo había adivinado al instante. Los labios apretados, los ojos afligidos y aterrorizados. ¡Si llega a entrar...! Habían intervenido la llamada y salido hacia la casa en cuanto colgó. Ella debió creer su historia. También pensaba que él era el robot, sin duda.
Olham continuó corriendo. Estaba dejando atrás a los oficiales. Por lo visto, su entrenamiento era deficiente. Trepó a una colina y bajó por la otra ladera. En un instante llegaría a la nave, pero, ¿adón­de iría esta vez? Aminoró el paso y se detuvo. Ya veía la nave, re­cortada contra el cielo, en el lugar donde la había estacionado. El pue­blo se hallaba a su espalda; él estaba en el yermo que separaba los lugares habitados, donde empezaban los bosques y los eriales. Cru­zó un campo estéril y se internó entre los árboles.
La puerta de la nave se abrió mientras caminaba hacia ella.
Peters salió. Su silueta se recortó contra la luz. Portaba un pesa­do fusil Boris. Olham se quedó inmóvil. Peters escudriñó la oscu­ridad.
—Sé que anda por ahí —dijo—. Acérquese, Olham. Los agentes de seguridad le tienen rodeado.
Olham no se movió.
—Escúcheme. No tardaremos mucho en capturarle. Por lo visto, todavía no cree que es un robot. Su llamada a la mujer indica que aún se halla bajo el efecto de la ilusión creada por sus recuerdos ar­tificiales.
»Pero es un robot. Usted es el robot, y en su interior se oculta la bomba. Alguien, usted mismo, puede pronunciar en cualquier momento la frase que la haga detonar. Cuando eso ocurra, la bomba sembrará la destrucción en un radio de varios kilómetros. El proyecto, la mujer, todos nosotros moriremos. ¿Lo comprende?
Olham no dijo nada; se limitó a escuchar. Los hombres se des­lizaban por el bosque, avanzando en su dirección.
—Si no sale, le daremos caza. Es cuestión de tiempo. Hemos de­sechado la idea de trasladarle a la base lunar. Será destruido en cuanto le veamos, y tendremos que correr el riesgo que la bomba estalle. He ordenado que todos los oficiales de seguridad disponi­bles peinen la zona, centímetro a centímetro. No puede escapar. Un cordón de hombres armados rodea el bosque. Le quedan unas seis horas antes que el último centímetro sea registrado.
Olham se alejó. Peters siguió hablando; no le había visto. Estaba demasiado oscuro para ver a nadie. No obstante, Peters tenía razón. No podía escapar. Había salido del pueblo y se encontraba en las afueras, donde empezaban los bosques. Podía ocultarse un tiempo, pero terminarían por cazarle.
Era cuestión de tiempo.
Olham caminó en silencio por el bosque. Estaban examinando, estudiando, registrando y peinando cada parte del condado, kilómetro tras kilómetro. El cordón se iba estrechando cada vez más.
¿Qué podía hacer? Había perdido la nave, su única esperanza de escapar. Ocupaban su casa; su mujer les apoyaba, creyendo, sin duda, que el auténtico Olham había sido asesinado. Apretó los pu­ños. En algún lugar estaba la nave alienígena estrellada, y los restos del robot. En algún lugar próximo, la nave se había destrozado. Y el robot yacía en su interior, destruido. Una débil esperanza se agitó en su interior. ¿Y si encontraba los restos? Si pudiera enseñarles el lugar del siniestro, los fragmentos carbonizados, el robot...
Pero, ¿dónde? ¿Dónde los iba a encontrar? Continuó andando, sumido en sus pensamientos. No muy lejos, probablemente. La nave habría aterrizado cerca del proyecto; el ro­bot habría recorrido el resto del camino a pie. Ascendió la ladera de la colina y miró a su alrededor. Destrozada y quemada. ¿Alguna pista, algún indicio? ¿Había leído u oído algo? En algún lugar cer­cano, al que se podía acceder a pie. Un lugar agreste, un punto distante, en el que no habría gente.
De pronto, Olham sonrió. Destrozada y quemada... El bosque de Sutton. Aceleró el paso.
Había amanecido. El sol se filtraba entre los árboles rotos e ilumi­naba al hombre agachado en el límite del claro. Olham alzaba la vista de vez en cuando y escuchaba. No estaban lejos, sólo a unos minutos de camino. Sonrió.
Ante él se extendía una masa retorcida de restos metálicos, di­seminados por el claro y los tocones carbonizados que habían sido el bosque de Sutton. Lo que quedaba de la nave brillaba tenuemente a la luz del sol. No le costó mucho encontrarla. Conocía bien el bosque de Sutton; lo había recorrido muchas veces, cuando era más joven. Había sabido dónde encontrar los restos. Había un pico que sobresalía con brusquedad, sin previo aviso.
Una nave poco familiarizada con los bosques que pretendiera aterrizar chocaría con él casi con toda seguridad. En aquel momento estaba contemplando los restos de la nave.
Olham se puso en pie. Ya les oía, a escasa distancia, avanzando en grupo y hablando en voz baja. Una gran tensión se apoderó de él. Todo dependía de quién le viera primero. Si era Nelson, estaba aca­bado. Nelson dispararía. Moriría antes que vieran la nave. Pero si tenía tiempo de dar la noticia, retenerles unos segundos... Era todo lo que necesitaba. En cuanto vieran la nave, estaría salvado.
Pero si disparaban antes...
Una rama chamuscada crujió. Apareció una figura que avanzaba con cautela. Olham respiró profundamente. Quedaban muy escasos segundos, tal vez los últimos de su vida. Levantó los brazos y clavó la vista en el frente.
Era Peters.
—¡Peters! —Olham agitó los brazos. Peters alzó el fusil y apuntó—. ¡No dispare! —Su voz temblaba—. Espere un momento. Observe el claro que hay detrás de mí.
—Le he encontrado —gritó Peters.
Los hombres de seguridad surgieron del bosque calcinado y le rodearon.
—No dispare. Mire detrás de mí. La nave, la nave-aguja. La nave alienígena. ¡Mire!
Peters vaciló. El fusil osciló.
—Está ahí —se apresuró a continuar Olham—. Sabía que la encon­traría en este lugar. El bosque quemado. Créame. Encontrará los restos del robot en la nave. ¿Quiere hacer el favor de mirar?
—Hay algo ahí abajo —dijo uno de los hombres, nervioso.
—¡Mátele! —gritó una voz. Era Nelson.
—Espere. —Peters se volvió con brusquedad—. Yo estoy al mando. Que nadie dispare. Tal vez esté diciendo la verdad.
—Mátele —repitió Nelson—. Él liquidó a Olham. Puede matarnos en cualquier momento. Si la bomba estalla...
—Cállese. —Peters avanzó hacia la pendiente y miró abajo—. Fíjese en eso. —Indicó a dos hombres que se acercaran—. Bajen a ver qué es.
Los dos hombres bajaron la pendiente a toda prisa y atravesaron el claro. Se agacharon y examinaron los restos de la nave.
—¿Y bien? —gritó Peters.
Olham contuvo el aliento. Sonrió levemente. Tenía que estar allí; no había tenido tiempo de mirar, pero tenía que estar allí. Una duda le asaltó de repente. ¿Y si el robot hubiera sobrevivido y es­capado? ¿Y si su cuerpo se hubiera destruido por completo?
Se humedeció los labios. El sudor inundó su frente. Nelson le estaba mirando, lívido. Su respiración se agitaba.
—Mátele —dijo Nelson—. Mátele, antes que él nos mate a nosotros.
Los dos hombres se irguieron.
—¿Qué han encontrado? —preguntó Peters. Sostenía el fusil sin vacilar—. ¿Hay algo ahí?
—Eso parece. Es una nave-aguja, desde luego. Hay algo al lado.
—Echaré un vistazo.
Peters pasó junto a Olham. Éste le vio bajar la colina y reunirse con los hombres. Los demás le siguieron.
—Parece un cuerpo —dijo Peters—. ¡Fíjense!
Olham fue con ellos. Formaron un círculo de miradas ansiosas.
En el suelo, doblada y retorcida de una forma extraña, había una figura grotesca. Habría parecido humana, de no ser por la manera en que estaba doblada, con los brazos y las piernas extendidos en todas direcciones. Tenía la boca abierta y los ojos vidriosos.
—Como una máquina estropeada —murmuró Peters.
Olham sonrió débilmente.
—¿Y bien? —preguntó.
—No puedo creerlo —musitó Peters—. Nos dijo la verdad desde el primer momento.
—Nunca me encontré con el robot —dijo Olham. Sacó un cigarri­llo y lo encendió—. Fue destruido cuando la nave se estrelló. Ustedes estaban demasiado ocupados con la guerra para preguntarse por qué un bosque se había quemado tan repentinamente. Ahora, ya sa­ben la verdad.
Se quedó fumando y contemplando a los hombres. Estaban sa­cando la forma grotesca de la nave. El cuerpo tenía los brazos y las piernas rígidos.
—Ahora encontrarán la bomba —dijo Olham.
Los hombres tendieron el cuerpo en el suelo. Peters se agachó.
—Creo que ya la veo.
Extendió la mano y tocó el cuerpo.
El torso del cadáver estaba abierto. En el interior, brillaba algo metálico. Los hombres contemplaron el metal sin hablar.
—De haber vivido, esa caja de metal nos habría destruido —dijo Peters.
Todo el mundo guardaba silencio.
—Creo que le debemos algo —dijo Peters a Olham—. Ha vivido una auténtica pesadilla. Si no hubiera escapado, le habríamos... —Se interrumpió.
Olham tiró el cigarrillo.
—Sabía que el robot no me había atacado, por supuesto, pero no podía demostrarlo. A veces, es imposible demostrar algo en el acto. Ésa es la verdad. No podía demostrar de ningún modo que yo era yo.
—¿Qué le parecen unas vacaciones? —preguntó Peters—. Creo que podremos conseguirle un mes de vacaciones para que descanse y se relaje.
—De momento, quiero irme a casa —dijo Olham.
—De acuerdo, pues. Lo que usted diga.
Nelson se había acuclillado junto al cadáver. Extendió la mano hacia el objeto metálico que se veía en el interior del pecho.
—No lo toques —le advirtió Olham—. Aún podría estallar. Será mejor que el equipo de demolición se encargue de eso más tarde.
Nelson no dijo nada. De pronto, introdujo la mano en la caja to­rácica, agarró el objeto metálico y tiró de él.
—¿Qué estás haciendo? —gritó Olham.
Nelson se puso en pie, sujetando el objeto. Estaba blanco de te­rror. Era un cuchillo de metal, un cuchillo-aguja alienígena, cubier­to de sangre.
—Le mataron con esto —susurró Nelson—. Mi amigo fue asesinado con esto. —Miró a Olham—. Tú le mataste con esto y le abandonaste junto a la nave.
Olham estaba temblando. Sus dientes castañeteaban. Su mirada se desvió del cuchillo al cadáver.
—No puede ser Olham —dijo. Su mente giraba, todo daba vueltas en derredor suyo—. ¿Estaba equivocado? Tragó saliva.
—Pero si ése es Olham, yo debo de ser...
No terminó la frase. El resplandor de la explosión pudo verse hasta en Alfa Centauri.


   
 

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