Gabriele d’Annunzio * De cómo la marquesa de Pietracamela donó sus bellas manos a la princesa de Scúrcula
09-04-06 Sugerido por / Suggested by: Jorge Diezma
por Gabriele d’Annunzio
Paolo Fiamignano, el divino pintor del Saludo al sol y de La venganza de Apolo, este artífice moderno que tiene las gallardas audacias de Tintoretto, la agudeza y la profundidad de Leonardo, la feliz magnificencia de Veronese, la gracia y la imaginación lírica de Sandro Boticelli, el luminoso colorido de Paris Bordone, casi había terminado el retrato de la princessa Diambra de Scúrcula, la admirable mujer que será inmortal en el mármol, en el bronce, en las telas y en los cantos de los poetas.
Al retrato sólo le faltaban las manos, que es como decir que le faltaba todo. La pintura tenía que ser entregada esa misma noche, sin demora, porque la princesa partía al día siguiente para un largo viaje. Y la princesa no podía venir a “posar” para las manos, porque tenía que dar la última recepción y el último almuerzo a la nobleza romana en pleno.
La hora meridiana tronó desde Castelsantangelo y las mil campanas elevaron su coro, pero Giulia Arici no apareció. Pasaron diez minutos, luego veinte, luego treinta. Giulia no apareció. ¡Todo estaba perdido!
Tras los primeros momentos de impaciencia e ira, el pintor se tumbó en el hondo diván, encendió un cigarrillo, y dijo, sosegadamente:
-Si Dios quiere, quizás en el día de hoy vendrá una mujer que tendrá las manos de la princesa.
Y esperó, fumando y pensando en el nuevo cuadro que quería pintar. Tras un tiempo de amorosa contemplación, vio claramente con la vista interior la obra de arte terminada; y un torrente de gozo atravesó todo su ser.
En ese momento un discípulo anunció en voz alta, levantando la portier del cordobán:
-¡La señora marquesa de Pietracamela!
Paolo se puse en pie de un salto. Entraba una dama alta y esbelta, vestida con una especia de larga túnica de nutria. Caminaba con extraordinaria ligereza, coronada por una cabellera cinérea; se parecía un poco a ciertas figuras de los frescos de Michelino Besozzo, pero con la sonrisa enigmática de las mujeres de Leonardo en los labios. La recién llegada se inclinó imperceptiblemente.
El pintor la contempló en silencio durante todo un minuto. Entonces, con una voz que le pareció dulcísima música a la atónita marquesa de Pietracamela, dijo:
-Quitaos los guantes.
Ella se quitó los guantes. Aparecieron sus manos incomparables, blancas y transparentes como el alabastro puro, marcadas por una trama de venas glaucas apenas visibles, con la palma un poco ahuecada y sombreada de rosas.
Paolo se quedó mudo; pero los ojos le centelleaban de placer, y un leve temblor le movía los labios.
Hizo sentar a la marquesa en una maravillosa silla de terciopelo escarlata, de forma parecida a la de aquella famosa pintada por Carpaccio en un cuadro en San Giorgio degli Schiavoni. Bajo sus pies puso un cojín persa. Entonces, mientras ella estupefacta se sometía a semejante capricho, le acomodó las manos en el ademán en que necesitaba retratarlas; y, pincel en mano, comenzó a pintar con rapidez y seguridad, como si el dios de la inspiración se hubiera apoderado de él.
La marquesa, que tenía un fino carácter femenino, comprendió que no tenía que comprender, y respetó el silencio durante toda una hora. Pero cuando vio al pintor menos fervoroso en su trabajo, preguntó con voz tímida y casi trémula:
-¿Puedo hablar?
-¡No, no habléis! ¿Por qué queréis hablar? La belleza no precisa comentario alguno. ¿Acaso osaríamos poner un epígrafe en el pedestal del Doríforo de Policleto o del discóbolo de Mirón?
La mujer calló. El pintor aumentó el fervor en la tarea. De vez en cuando, tras haber embebido de visión el cerebro en le contemplación intensa de las perfectas manos, al infundir a la tela aquella vida bebida a través de las pupilas, decía alguna frase vaga.
-Si no me equivoco, vos debéis tener el cuerpo de la Dánae de Correggio. Lo siento, es más, lo veo por la forma de vuestras manos. ¿No os imagináis a partir de la flor la figura de la planta entera? Vos sois, sin duda, como la hija de Acrisio que recibe la nube de oro. ¿no conocéis el cuadro de la Galería Borghese? Ah, Correggio es un pintor digno de Atenas. Apeles lo habría llamado hijo suyo.
Diciendo esto, daba toques que ya no eran rápidos y seguros, sino lentos y estudiados. Al final, deponiendo la paleta, exclamó con una voz que hizo estremecerse en lo más íntimo a la marquesa de Pietracamela:
-¡He terminado!
La marquesa se levantó de golpe de la silla, y se situó ante la tela. El estupor la invadió.
-Pero, si no me equivoco, le habéis dado mis manos a la princesa de Scúrcula, señor Fiamignano.
-Sí, marquesa, con una generosidad digna de un dios, ya que las manos de la princesa se parecen a las vuestras tanto como un primer boceto se parece a la obra terminada. ¿Qué gloria más alta para vos que realizar el cometido del sol, que ennoblece y transfigure hasta la cosa más humilde?
-Pero, ¿y mis cartas? ¿Las habéis leído? –preguntó la dama, un poco pálida, sin comprender ya nada- ¿Sabéis por qué he venido?
-¿Vuestras cartas? Perdonadme, señora. Hace diez años que no leo epístolas de ninguna clase; porque si las leyese, también las escribiría y, escribiéndolas, adquiriría destreza de pluma, y adquiriendo destreza de pluma, tal vez me pusiese a componer obras literarias, como la Ilíada o el Lunario de Barbinegra. Así pues, señora mía, quemo todas las cartas que recibo, sin abrirlas, en esta urna de bronce obra de Andrea Riccio.
La marquesa de Pietracamela miró la urna inexorable, en la que toda su sentimental novela epistolar, desde la primera confesión de amor que había escrito al artífice tras haber visto el famoso Eros basileus, hasta la única nota en que le anunciaba su misteriosa visita, había sido reducida a cenizas. Se quedó un poco perpleja, y casi cayó sobre sus ojos un húmedo velo.
-Entonces,¿no sabéis por qué he venido? –preguntó de nuevo, sin levantar la cabeza.
-Enviada por el más benéfico de los dioses a mí, que me hallaba en una gran angustia de dos manos ausentes. ¡Que ese dios sea loado, y sed loada vos por los siglos de los siglos!
-Pero, por lo menos… -añadió la marquesa de Pietracamela, y sonrieron repentinamente sus ojos, que en verdad por su profundidad eran, como canta el poeta The witch of Atlas, parecidos a dos retazos de la impenetrable noche vista a través de la bóveda rasgada de un templo- ,¡por lo menos me debéis la retribución de la sesión de “pose”!
-Jamás defraudaré a nadie su justa recompensa- dijo Paolo, mirando a la mujer cuyos miembros, como canta el mencionado poeta, irradiaban a través del vestido que parecía ocultarlos, como los dardos de la mañana a través de una nube.
El día llegaba a su fin, y una sombra fluctuante invadía la estancia y se expandía poco a poco, como un vapor en el que las cosas se perdían y naufragaban con lentísima dulzura. Los cuadros y las estatuas se confundían sin forma, sin color. Permanecía iluminada en un rincón una terracota esmaltada de Luca Della Robbia, La anunciación. Más allá emergía el blanco perfil de un busto de mujer obra de Verrocchio, y resplandecía con una luz singular el bronce de Andrea Riccio, que conservaba aún algunos restos de doradura. A medida que languidecía el día, no se veía más que el oro: el oro de los marcos, el oro de un tapiz de Flandes, el oro de un cáliz de Benvenuto Cellini.
De improvisto, tras un leve crujido de vestiduras cayendo, se oyó el grito de sorpresa del pintor Paolo Fiamignano ante la Dánae desvelada que introdujo en las sombras el resplandor de una obra maestra.